16 de abril 2015 - 00:00

“Werther”: voces cálidas, puesta fría

La soprano Anna Caterina Antonacci  y el tenor Mickael Spadaccini en  “Werther”, la ópera de Jules Massenet con la que el Teatro Colón inauguró su temporada lírica.
La soprano Anna Caterina Antonacci y el tenor Mickael Spadaccini en “Werther”, la ópera de Jules Massenet con la que el Teatro Colón inauguró su temporada lírica.
"Werther", ópera en cuatro actos. Música: J. Massenet. Libreto: E. Blau, P. Millet y J. Hartmann basado en "Las penas del joven Werther" de J. W. von Goethe. Puesta en escena, vestuario, escenografía e iluminación: H. De Ana. Coro de Niños del Teatro Colón (Dir.: C. Bustamante). Orquesta Estable del Teatro Colón. Dir.: I. Levin (Teatro Colón, 14 de abril).

Glacial, desolador: así se presenta desde el ingreso a la sala el horizonte de esta nueva producción escénica de "Werther" con la que el Teatro Colón inauguró su temporada lírica.

Su autor, Hugo De Ana, combina dos elementos omnipresentes: las citas textuales de la novela de Goethe que sirve de base a la ópera, y una atmósfera inspirada en los paisajes del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, más cercana a Goethe, mientras que la escenografía material y el vestuario son claramente contemporáneos de la obra de Massenet (1892).

Los tres primeros actos transcurren en el marco de enormes paneles de vidrio que potencian esa frialdad, aunque los elementos que los pueblan van graficando los diferentes climas. Dentro de ese ascetismo contrasta la figura de un Werther totalmente desbocado en su gestualidad, digna de un dramón verista. El impacto, como sucede tantas veces en la ópera, es de un cariz casi cinematográfico, pero en su faz teatral la puesta transita entre la obviedad y el artificio. Y no se trata aquí de esas cuestiones de lógica a las que incluso puerilmente se suele apelar a la hora de evaluar una producción lírica, sino una general falta de fluidez, de aliento para una emoción que la música grita en cada compás. Si la intención del puestista fue la de que la frialdad del escenario se trasladara al auditorio vale decir que su cometido estuvo perfectamente logrado.

Contra los pronósticos agoreros, Mickael Spadaccini (el muy joven tenor belga originalmente contratado como segundo elenco que tuvo que asumir el primero ante la cancelación de Ramón Vargas) hizo un muy digno protagónico; si bien por momentos se lo notó exigido, mostró un buen manejo dinámico de su voz y hubo en su interpretación instantes hermosos como "Oui! Ce qu'elle m'ordonne". A casi 20 años de su recordada Poppea, Anna Caterina Antonacci volvió a exhibir la belleza de su voz y entregó un trabajo notable, en especial en "Va! Laisse couler mes larmes". Perfecta en frescura, agilidad, timbre, musicalidad y expresión resultó la Sophie de la rosarina Jaquelina Livieri, en tanto que Hernán Iturralde, vocalmente excepcional, compuso a un Albert noble e introvertido que hizo un buen contraste con el protagonista. El ruso Alexander Vassiliev cantó con amplia soltura el papel de Le Bailli y Fernando Grassi, Santiago Bürgi, Norberto Marcos y Cecilia Pastawski completaron el elenco con corrección. Delicioso e impecable sonó el ensamble de niños preparado por César Bustamante. En el podio, Ira Levin brindó una versión sin relieve ni cuidado del balance, al frente de una Orquesta Estable que se desempeñó bien en este marco.

Resta finalmente la pregunta sobre si era imprescindible reemplazar la producción de "Los troyanos" planteada en su momento para esta apertura, por un título tan transitado como éste. Es, además, el primero de los dos "Werther" que se verán en la ciudad este año, pero mientras que es lógico que Buenos Aires Lírica (que lo dará en julio) deba apostar a la taquilla, habría sido deseable que el Colón se jugara por un título más original del repertorio francés.

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