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Yo-Yo Ma: fervor de un artista sin fronteras
Yo-Yo Ma y Kathryn Stott durante el primer concierto del Abono Bicentenario en el Teatro Colón.
Esta impresión, que sólo puede tenerse viéndolo tocar en vivo, resultó evidente el viernes pasado, cuando este músico de 54 años nacido en París de padres chinos desplegó un abanico de músicas diversas frente a un teatro colmado por los espectadores del Abono Bicentenario (una muy buena iniciativa del Colón que tendrá otros invitados de lujo a lo largo del año) junto a una pianista de su estatura: la británica Kathryn Stott.
El programa, ecléctico como el mismo Ma, comenzó por tres obras breves planteadas como una suite donde lo académico se entrecruza con lo popular: «El oboe de Gabriel» (célebre fragmento de la banda de sonido de «La misión» compuesta por Ennio Morricone), el «Preludio n° 2» de Gershwin y Cristal, del brasileño Cesar Camargo Mariano. Lamentablemente el entusiasmo del público rompió la continuidad con una ovación entre la segunda y la tercera de las piezas, hecho que iba a repetirse durante la primera Sonata de Johannes Brahms, que le siguió. En esta obra se pudo apreciar no sólo la calidad técnica y expresiva de ambos músicos como individualidad sino su inmejorable comunicación, aunque en algunos momentos el volumen del piano resultó en detrimento del cello.
En la segunda parte Ma y Stott comenzaron con una obra de Graham Fitkin (nacido en 1963) llamada «L», cuyo concepto es justamente el de una línea perpendicular a cargo del cello que atraviesa la textura vertical planteada desde el piano. Stott dio un inmejorable apoyo a esta partitura escrita a pedido de Ma y que le brinda una especial oportunidad de lucimiento. Le siguió el que para muchos fue el punto más alto de la noche: la «Sonata en sol menor» opus 19 de Sergei Rachmaninov, vertida con intensidad dramática y a la vez con gran sutileza, especialmente en el tercer movimiento.
Complaciendo al público sin hacerse rogar mucho, aunque dando cuenta de su necesidad de descanso, los artistas brindaron dos bises. El primero, «Le grand tango», la pieza para cello y piano que Ástor Piazzolla dedicó a Rostropovich, fue el infaltable regalo a Buenos Aires de ese enamorado del tango que es Yo-Yo Ma; el segundo, mucho más previsible, fue «El cisne» de Camille Saint-Saëns, en una versión memorable que hizo olvidar lo remanido de este fragmento de «El carnaval de los animales». Incluso tras el estruendo del último aplauso, mientras los espectadores se retiraban, la melodía y sus arpegios parecieron quedar flotando en el aire de una sala que va despertando de un largo sueño para vivir noches irrepetibles, como ésta.
Primer concierto del Abono Bicentenario. Yo-Yo Ma, vioKathryn Stott, piano. Obras de Morricone, Gershwin, Camargo Mariano, Brahms, Fitkin y Rachmaninov. (Teatro Colón, 11 de junio.)


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