24 de febrero 2023 - 00:00

“Elsa Tiro” reconstruye la vida de Eugene O’Neill en Buenos Aires

Diálogo con su autor, Gonzalo Demaría, que con dirección de Luciano Cáceres la estrena en el Regio.

Elsa Tiro. Alejandra Radano, Luciano Cáceres y Josefina Scaglione en la obra de Gonzalo Demaría.

Elsa Tiro. Alejandra Radano, Luciano Cáceres y Josefina Scaglione en la obra de Gonzalo Demaría.

“En el presente está la historia. Siempre. La historia es una cantera inagotable, no de hechos, sino de fantasías. De sueños por cumplir”, dice Gonzalo Demaría sobre su última obra, “Elsa Tiro”, inspirada en la figura de Eugene O´Neill, escritor norteamericano esencial del drama moderno, que se inició como poeta en Buenos Aires. Dirigida por Luciano Cáceres, quien también la protagoniza junto con Alejandra Radano y Josefina Scaglione, se estrena el 11 de marzo en el teatro Regio. Este es el segundo espectáculo que Demaría y Cáceres presentan en el CTBA como autor y director; en 2011 lo hicieron con “El cordero de ojos azules”, además de otros cuatro presentados en diversos teatros. Dialogamos con Demaría.

Periodista: ¿Qué recupera de los comienzos de Eugene O’Neill como poeta marginal en Buenos Aires?

Gonzalo Demaría: La vida de O’Neill en Buenos Aires, que no fue una visita, es poco conocida. Este olvido es insólito no porque O’Neill sea un Premio Nobel. Hay muchos de ellos olvidados: ¿quién se acuerda hoy de José Echegaray? La rareza es porque hablamos del fundador del teatro realista norteamericano, que prendió mucho en la escena porteña, no solo a través de su propia obra sino de las de sus “hijos” más o menos desviados: Arthur Miller y Tennessee Williams. No es una metáfora menor que O’Neill haya cumplido la mayoría de edad legal, al menos para la Argentina, en nuestro país. También fue en Buenos Aires, que se empapó de prostitución, alcohol y marinería. Su fetiche era ser marinero, pero terminó autor. Ese nacimiento ocurrió en Buenos Aires, época de la que sobrevive su primer texto, un poema fragmentario de hermoso título, “Cenizas de orquídeas”. Hubiera querido utilizarlo, pero se me adelantó el poeta catamarqueño Jorge Paolantonio con una novela. De este nacimiento, del de un poeta en Buenos Aires, hablo en “Elsa Tiro”. Que lleve un nombre de mujer en el título tampoco es casual, porque de alguna manera, más allá del juego de palabras obvio y grosero, hay una alusión a otro título del propio O’Neill con su propia heroína: Anna Christie. Esta obra, la primera grande de su producción, nació en Buenos Aires. Al menos esta es mi hipótesis. Las pruebas: la didascalia inicial fecha la acción en 1910, el año que O’Neill fue porteño. Y el apellido de la prostituta es abreviatura de Christensen, empresa naviera con la que se relacionó el joven aspirante a marinero en el barco que lo trajo. Así que nos hizo un doble guiño en esa obra.

P.: ¿Esta obra también está escrita en verso?

G.D.: Escribo en verso solo cuando el material lo pide. Mi producción mayor es en prosa. Y en este caso, la historia de un escritor realista la requería. El verso, bien manejado, se vuelve una forma de hablar y el público lo acepta así, como demuestran las experiencias de “Tarascones” o de “El Romance del Baco y la Vaca”. Pero O’Neill rechaza el artificio y pedía la prosa. De todas maneras, hay algunos versos dentro del texto, más que nada ciertos cantables semipornográficos tomados de la obra de ese otro marginal que fue Ángel Villoldo, a quien O’Neill pudo conocer en los cabarets que frecuentaba en el Bajo, el infame Paseo de Julio, o en La Boca, la esquina de Suárez y Necochea. Villoldo es el padre del tango cantado, el autor de “El Choclo”, otro título obvio. También quise evocar algo de esa poesía popular picaresca a través de los graffiti de baño compilados por otro extranjero de paso por nuestra ciudad, el antropólogo alemán Roberto Lehmann Nitsche. En suma, mi travesura fue aparear a O’Neill con Villoldo y Lehmann Nitsche. Algo así solo pudo darse en la Buenos Aires brillante y cosmopolita de 1910, el año del Centenario.

P.: ¿Cómo es el vínculo de O’ Neill con La Renguita?

G.D.: Es un vínculo de parición. En un momento de la obra, el O’Neill maduro y premio Nobel se refiere a este viejo amor de juventud como su madre. Lo fue en tanto que parió al poeta. Los amores fundacionales nos regeneran.

P.: ¿Cómo se muestra el contraste entre ese joven soñador y el escritor consagrado, enfermo y ganador del Nobel?

G.D.: El descubrimiento de Buenos Aires es el descubrimiento de sí mismo, del poeta interior que O’Neill traía, su cuna. El Premio Nobel fue su lápida. No dejó de escribir, pero semejante reconocimiento lo abrumó y en cierta medida lo paralizó. Esa obra milagrosa, la mejor de su producción, que es “Largo viaje del día hacia la noche” fue su último y fatal esfuerzo por sobreponerse.

P.: ¿Los efectos del cloroformo tienen algo de lo que veíamos en “Tarascones” con el viaje alucinógeno?

G.D.: No. Acá se trata de realismo. O’Neill está internado por apendicitis en una clínica y su esposa aprovecha la situación del cloroformo para tenerlo bajo control.

P.: ¿Qué temas aparecieron después de terminada la obra y no sospechaba que estarían?

G.D.: Las obras son siempre más inteligentes que los autores. Sobre todo en el teatro, donde cobran vida propia una vez que entran el director y su compañía a dar carnadura, como se dice, a lo que uno fantaseó en el papel. Siempre me sorprendo con lo que veo, y es lo mejor que me puede pasar. Siempre son ellos quienes me descubren pensamientos que no creí tener, o que subyacían. Es la magia del teatro.

P.: ¿Qué vio en el proceso de ensayos y montajes que acaso no estaban en el papel?

G.D.: Con Luciano Cáceres trabajamos y soñamos juntos hace más de veinte años. Es mucho tiempo. Hicimos cerca de media docena de obras y espero hagamos otras tantas. Aún conociéndonos como nos conocemos, hay cosas que todavía nos quedan por descubrir el uno del otro. Y hay otras, muy sabidas, que no por eso quedan estáticas. Uno va refinando sus obsesiones.

Dejá tu comentario