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21 de mayo 2007 - 00:00

Abuchearon Traviata en minifalda

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Natalia Ushakova, una Traviata en el túnel del tiempo: de 1850 a los locos años ’20, con atuendo del swinging London de los 60.
La tercera función de abono del Teatro Colón en el Coliseo propuso «La Traviata» de Verdi. La nueva producción escénica fue elucubrada por Eric Vigié, régisseur francés que trasladó la acción de esta ópera sobre «La dama de las camelias» a los años' 20, un error conceptual que va bien con las nuevas tendencias escénicas, sobre todo europeas. La insólita actitud del regista de manipular la historia no encaja con la partitura ni con el texto elaborado por músico y libretista, resultando forzada en más de un momento. Esto no sería lo más grave en el «caso Vigié».

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Lo peor es el mal gusto que recorrió toda la representación, que provocó un amplio abucheo de parte de los espectadores la noche del estreno luego de una secuencia, en el cuadro de la fiesta en casa de Flora (acto II, escena 2), cuando cuatro muchachas se contonean en una suerte de danza erótica junto con enano disfrazado de torero. El resto estuvo más o menos al tono.

En el primer acto, en un restaurant, Violeta (Natalia Ushakova), ataviada con una minifalda poco funcional para las rellenas formas de la soprano rusa, debe subirse a mesas y sillas o arrastrarse frenéticamente por el escenario en más de una ocasión; en el acto III, debe limpiarse las manchas de sangre que le provoca la tisis y dejar las gasas en una palangana que asoma debajo de su improvisada cama, en una suerte de jardín de invierno.

La escenografía y la iluminación hubieran sido eficaces para otra propuesta pero no para «La Traviata», ya que la decoración art nouveau que sobrevuela constantemente la ambientación aparecería casi cien años después de la época que refleja la obra original de Verdi.

Musicalmente, hubo una buena lecturade Guillermo Brizzio con una dócil orquesta estable que siguió el ritmo febril impuesto por el director a toda la representación, aunque en muchas ocasiones no se amalgamó a la rítmica de las voces en el escenario, más cautelosas. Aun así, se registraron momentos rescatables de su labor en el concertante del acto II con una buena actuación del coro estable a las órdenes de Salvatore Caputo y solistas mejorados con respecto a los primeros tramos.

Ushakova tuvo un desempeño desequilibrado. Le costó mucho la coloratura y el registro agudo en el primer acto, y apeló muchas veces al grito destemplado. Su timbre oscuro, por otro lado, parece más de mezzosoprano que de soprano.

Mejoró en el último segmento de la ópera. El tenor mexicano José Luis Duval mostró limitaciones vocales, de volumen y fraseo, junto a una actuación dramática inexistente. Hubo que esperar hasta el segundo acto, con la entrada de Giorgio Germont a cargo de Víctor Torres, para oír un canto pleno de musicalidad y ver aplomo escénico, aunque la interpretación del papel en la voz del barítono suene más como música de cámara alemana que un genuino estilo Verdi. Una muestra de cultura «trash» en la historia del Colón, sólo comparable con aquel «Barbero» de Willy Landin de hace dos años.

«La Traviata». Opera en tres actos. Mús.: G. Verdi. Lib.: F. M. Piave. Dir. mus.: G. Brizzio. Régie: E. Vigié. Esc. e ilum.: E. Bordolini. Vest.: I. Moller. Dir.coro: S. Caputo. Coreog.: D. Theocharidis. (Teatro Coliseo). Hasta el 27 de mayo.

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