Relativo interés tuvo ayer la competencia del Bafici, donde se presentaron dos películas de esas solo elogiables en festivales («Los suicidas», de Argentina, y «La sagrada familia», de Chile) y una israelí sobre mujeres de la policía militar, «Close to home», cuyo pretendido realismo se hace difícil de creer: ¡no puede ser que todas las mujeres policías de Jerusalén sean lindas delgaditas tipo modelo y medio histericonas!
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Otras novedades hubo, en cambio, más interesantes. Por ejemplo, los cortos animados de la Fundación Huésped contra el Sida, incluyendo el muy gracioso y eficaz «Sixteens», de Juan Pablo Zaramella, sobre tres chicas muy entusiasmadas por irse a la cama con cualquier chico. También, la versión larga de «Juramento de venganza» (no cambia mucho pero es bueno verla en pantalla grande), el fuerte documental rumano, bien antiburocrático, «La muerte del señor Lazarescu», la presentación del libro de Homero Alsina Thevenet «Historias de películas», y el anuncio de un festival parisiense con una sección específicamente dedicada a la Patagonia.
Interesantes también, aunque no exactamente buenos, los viejos cortos del bohemio Nicolás Guillén Landrián, que por ser sobrino del poeta comunista Nicolás Guillén se salvó de ir preso cuando en un promocional de la industria cafetera cubana unió la imagen de Fidel Castro con la canción de Los Beatles «El loco de la colina». Pero luego igual fue un tiempo a prisión, sospechoso de participar en un intento de fidelicidio. Un documental de Manuel Zayas revive su estilo, muy de experimentalista de los '60, y registra su vejez en Miami.
A señalar, para hoy, una serie de cortos de propaganda política hechos por diferentes gobiernos, de 1930 a 1976, aunados bajo el título «Golpe a golpe», el telefilm «Il Messia» (vida de Cristo según Rossellini), y el inquietante «Lunacy» ( locura), del checo Jan Svankmajer. De aire concentrado, casi triste, ayer Svankmajer aclaró a la prensa sus luchas bajo el comunismo.
«Muchas veces me preguntan cómo hacíamos para filmar en esas circunstancias. Se creen que vivíamos como en '1984' de George Orwell. Ignoran que el régimen tuvo varias épocas de distensión. Yo disfruté dos bastante liberales. Pero también sufrimos épocas duras. Una vez estuve siete años sin poder hacer lo que quería. Me los banqué realizando trucos para otras películas en los estudios Barrandov. Lo bueno es que, como todo lo pagaba el Estado, nunca tuve problemas financieros. Tras la Revolución de Terciopelo disfrutamos de verdadera libertad. Lo malo es que tardé cinco años juntando la plata para 'Lunacy', y todavía no vi una sola corona. Todo es para mis acreedores».
Dejá tu comentario