Actores profesionales comparten el escenario con un niño (que cambia
todas las funciones), en la obra de Ciro Zorzoli, que muestra en un engañoso
clima de juego el peso que ejerce el mundo adulto sobre los
chicos.
«El niño en cuestión» de C. Zorzoli. Int.: P. Barrientos, J. Lorenzo, M. Merlino, D. Velázquez y otros. Dir.: C. Zorzoli. Colab. artística y psicopedagógica: G. Cacace. Mús.: M. Katz. Preparación física: C. Trunsky. Esc.: D. Siliano. Ilum.: E. Sirlin. Vest.: M. Albertinazzi. (Teatro Sarmiento.)
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De jueves a domingo un grupo de actores comparte el escenario del teatro Sarmiento (es el noveno «Proyecto Biodrama») con un chico de entre nueve y once años, al que teóricamente deben enseñarle cómo es «El niño en cuestión». El referente es un niño real, cuya identidad se mantiene en reserva, y a quien el director Ciro Zorzoli contactó varios meses atrás para poder cumplir con la principal premisa de este ciclo: llevar a escena la vida de un argentino vivo.
Fiel a su credo artístico, Zorzoli descartó toda narración lineal y cronológica valorizando, en cambio, la acción física y la relación con el espacio. Este encuentro entre cuatro intérpretes muy fogueados (PaolaBarrientos, Javier Lorenzo, María Merlino y Diego Velázquez) y un chico, que además de no actuar debe seguir las indicaciones que los actores le imponen, genera un perturbador choque de energías.
En dos de sus trabajos anteriores, «A un beso de distancia» y «Ars higiénica» (este último inspirado en un «Manual de urbanidad y buenas maneras», escrito en 1853), Zorzoli ya había manifestado su preocupación ante ciertas normas y vínculos represivos que la sociedad impone a cada individuo; pero ahora parece haber redoblado su apuesta al poner sobre los hombros de un niño los rigores del mundo adulto. Todo tiene apariencia de juego, es cierto, pero muy sutilmente van apareciendo las órdenes sin sentido, el descuido, la indiferencia y hasta ciertos excesos pedagógicos que tanto se parecen a la domesticación.
El espectáculo es de un gran refinamiento estético en todos sus rubros, incluida la música incidental de Marcelo Katz. La escenografía de Diego Siliano (una habitación desnuda inserta en un espacio vacío) es el marco ideal para una puesta que experimenta con lo real. «El niño en cuestión» es una experiencia única e intransferible, de ésas que invitan a una charla posterior. Hay escenas que en general provocan dolor, otras hilaridad, pero tratándose de padres e hijos -o simplemente de grandes y chicos- cada cual tendrá su propia historia para armar. La notable performance de estos actores, que por momentos parecen niños en recreo y en otros asumen sus roles de adultos con evidente desconcierto, subraya aún más la presencia de esta frágil criatura que sólo está allí para recibir instrucciones o para evocar a un niño que nunca conocerá.
Cuatro pequeños intérpretes ( Valentino Alonso, Lucas Krourer, Kevin Melnizky y Nicolás Rodríguez Ciotti) van turnándose en cada función. La idea es evitar que su vínculo con los actores pierda frescura, pero a la vez dicha mecánica le ha sumado un nuevo punto de interés al Biodrama, ya que la obra va cambiando de ritmo y tonalidad en relación al chico que sube a escena. Los entusiastas que quieran repetir la experiencia descubrirán al fin que bajo el engañoso genérico «niños» se ocultan las personalidades más diversas.
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