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13 de diciembre 2006 - 00:00

Biografía revela el perfil más frágil de Audrey Hepburn

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El reputado biógrafo norteamericano Donald Spoto (abajo), describe a Audrey Hepburn como una persona presa de la «soledad y la desesperación», al punto de que «llegó un momento en que su vida se convirtió en algo triste y patético».
Los Angeles (EFE) - El biógrafo norteamericano Donald Spoto, autor de profundos y complejos retratos de figuras como Alfred Hitchcock o Marilyn Monroe, aborda «la grandeza, la desesperación y la soledad» de una de las actrices más admiradas del viejo Hollywood en «Audrey Hepburn: la biografía».

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El escritor y teólogo Spoto resume en pocas palabras lo que ha desglosado en más de 350 páginas y describe a Audrey Hepburn como una persona «en una búsqueda desesperada por encontrar un sentido más profundo a su vida» y, aunque «al final lo encontró en su labor con UNICEF, fue prácticamente por eliminación». Esta sentencia hila su documentado retrato de la actriz que, todavía hoy, está considerada la quintaesencia del glamour, la elegancia y la sofisticación -en parte gracias a su amistad con Hubert de Givenchy-, pero que siempre sintió una profunda carencia afectiva porque, «aunque la gente siempre pregunte por el amor de su vida, lo cierto es que jamás lo encontró», explica el autor.

«Audrey Hepburn: la biografía» no escatima jugosos rumores acerca de su vida sentimental, como su apasionado idilio con Albert Finney durante el rodaje de «Un camino para dos», y en anécdotas propias de mitómanos, como que en su infancia, durante la guerra, ayudó a un paracaidista que resultó ser Terence Young, futuro cineasta que la dirigió en «Espera en la oscuridad» y que inició la saga cinematográfica de James Bond.

Pero, sobre todo, el autor traza un perfil humano de «una persona extremadamente tímida, insegura y confundida, marcada por la tragedia de la guerra, el abandono de su padre y la incapacidad de transmisión emocional de su madre».

El escritor compensa en su completa radiografía de la actriz los éxitos profesionales con la desesperanza sentimental, poniendo de un lado cinco candidaturas al Oscar -que consiguió por «La princesa que quería vivir» en 1953- y de otro, cinco abortos, comparando grandes ganancias económicas con pérdidas alarmantes de peso.

Sus dos matrimonios, con Mel Ferrer el primero -del que nació su primer hijo, Sean- y con el aristócrata italiano Andrea Dotti -con el que tuvo a Luca, su segundo y último vástago- no impidieron que cada rodaje se convirtiera en una plasmación de sus anhelos románticos, como demuestran sus idilios con William Holden, Robert Anderson -ambos estériles y, por ello, descartados por Audrey- o Ben Gazzara.

«Llegó un momento en que su vida se convirtió en algo triste y patético», explica Spotoen relación a su historia de amor con Gazzara, «y alcanzó un grado de desesperación en el que llegó a permitir que la maltrataran».

Sin embargo, Spoto consideraque «hablar de la faceta humana de Audrey no significa desmitificarla, sino hacer justicia a los logros conseguidos a pesar de todo el dolor que arrastraba».

A su concatenación de películas inolvidables como «Muñequita de lujo», «Charada», «My fair lady» o «Robin y Marian», hay que sumar un retiro para cuidar a sus hijos en los Alpes suizos o un período de «dolce vita» en Roma, pero su situación personal sólo halló la paz y la satisfacción cuando se hizo Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF.

«El cine la había ido desplazando poco a poco, puesto que las películas violentas y con sexualidad más explícita habían ido ganando terreno», indica Spoto, y por ello dio una negativa a Alfred Hitchcock en el proyecto frustrado «No bail for the Judge», donde su personaje iba a ser estrangulado con una corbata.

Y así, Audrey encontró finalmente su camino « gloriosamente, ayudando a los niños más necesitados» y «llegó a poner en peligro su vida visitando Somalia y El Salvador» como una voluntaria más y cuando ya contaba con más de 60 años, resume Spoto.

Audrey Hepburn, que quedó profundamente marcada por el rodaje en frica de «Historia de una monja» en 1958, «creía en la paz antes que en la guerra, en el amor mejor que el odio y en cuidar a la gente mejor que en ignorarla» y, por ello, con esta labor humanitaria aplacó su búsqueda de una espiritualidad que «no se correspondía estrictamente con ninguna religión».

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