«Antes que anochezca» («Before Night Falls», EE.UU., 2000, habl. en inglés y español). Dir.: J. Schnabel. Guión: C. O'Keefe, L. Gómez Carriles, J. Schnabel. Int.: J. Bardem, O. Martínez, A. Di Stéfano, J. Depp, S. Penn.
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Esta película es, sin duda, un acto de amor. Pero de un amor intelectual, y ya se sabe cómo se lleva la razón con las cuestiones del corazón. Se nota que Julian Schnabel se enamoró de la emblemática figura del poeta cubano Reynaldo Arenas, del mismo modo en que se enamoró de la de Basquiat, a quien le dedicó su muy superior opera prima (vista aquí solamente en el Museo Nacional de Bellas Artes, en ocasión de una muestra del pintor de graffiti callejeros que salió del anonimato apadrinado por Andy Warhol). La diferencia es que Basquiat fue su amigo, era norteamericano como él y, además, ese film le permitió describir y analizar la interna del arte neoyorquino, un mundo que conoce cabalmente, ya que él mismo es un reconocido pintor.
Imposible saber qué puede ver el público estadounidense o europeo en esta obra, pero entre nosotros es difícil coincidir con Héctor Babenco (uno de los muchos amigos del director que actúan en la película), para quien ningún realizador del «sur del Ecuador» ha conseguido «representar nuestra realidad de forma tan completa como lo ha hecho Julian Schnabel con 'Antes que anochezca'».
Es verdad que su visión de Cuba y, por extensión, de lo latinoamericano, no se parece a las habituales caricaturas hollywoodenses, y que muchas de sus imágenes son realmente bellas. Pero de ahí a combinar «los elementos poéticos de nuestra cultura con nuestro fondo social y político», como viene a decir justamente el autor de «Pixote», hay un buen trecho.
Poesía hay todo el tiempo, ya que además de la horrorizada fascinación ante la vida de ese hombre encarcelado y torturado por su condición de homosexual, a Schnabel le atrajo profundamente su obra literaria que, también es cierto, fue otro motivo de persecución para el régimen castrista. De hecho, la película lleva el título y está basada en la autobiografía de Arenas, con alusiones a otros textos como «El mundo alucinante» y aportes al guión de Lázaro Gómez Carrillo, su protegido/protector y principal testigo de sus últimos años.
Por eso, es el protagonista quien narra en off o mirando a cámara su infancia miserable, el descubrimiento de la literatura y la atracción por los hombres casi en simultáneo, la ilusión y decepción por la causa fidelista, sus tormentos físicos y psíquicos, y el exilio final en los Estados Unidos, adonde llegó deportado junto a criminales y enfermos mentales en la tristemente célebre Mariel Harbor (1980), y donde tampoco su existencia fue fácil: desamparado y devastado por el sida, se autoinmoló prácticamente a lo Mishima.
Lástima que al público norteamericano no le gustan los subtítulos, porque eso obliga no sólo a que todos los personajes hablen en inglés mechando algunas palabras en español -al respecto, es bueno recordar que hasta un film «de la industria» como «Traffic» ha renunciado a ese recurso tan artificioso-, sino a que muchas veces los fragmentos literarios se digan en los dos idiomas. Se pregunta uno por qué, frente a la soberbia actuación de Javier Bardem que incluye un acento cubano impecable, todos los actores latinos deben chapurrear en inglés, y el francés Olivier Martínez, recitar en un español con improbables erres. Por no hablar de Johnny Depp (con dos personajes, uno de los cuales introduce el escaso humor que tiene esta película innecesariamente solemne) o a Sean Penn, ambos en pantalla como Babenco, y otros por su amistad con el director. Y por qué tanta languidez como para que las más de dos horas de relato resulten agobiantes.
Pero lo peor es que, pese a la conmocionante historia de Reynaldo Arenas y a ese actor extraordinario que es Bardem, «Antes que anochezca» increíblemente no emociona. La película cubana «Fresa y chocolate», pequeña, íntima y autocensurada, por razones obvias, lograba mucho más desde adentro que este bienintencionado alegato contra la intolerancia que, en lo que se refiere a la homosexualidad y otras «diferencias», dicho sea de paso, todavía hoy excede largamente los límites de Cuba y el llamado Tercer Mundo.
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