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12 de mayo 2006 - 00:00

Cae en lo burdo nueva versión de "El balcón"

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Patricia Palmer y Juan Carlos Galván en una escena de «El balcón», de Genet, en una versión que no le hace mucha justicia.
«El balcón» de J. Genet. Dir..: L. Quinteros. Int.: P. Palmer, J. P. Reguerraz, J. C. Galván, M. Fraile y otros. Esc.: G. Fernández y A. Vaccaro. Vest.: G. Fernández. (Centro Cultural de la Cooperación.)

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El escritor y dramaturgo Jean Genet (1910-1986) pasó su niñez y primera juventud en hospicios y centros correccionales. Ya de adulto siguió cometiendo diversos delitos (robo, prostitución homosexual, deserción del ejército) por los que fue castigado.

Durante su estada en la cárcel escribió varios libros con los que ganó un creciente prestigio, pero su vida cambió radicalmente cuando un grupo de autores franceses que admiraban su obra (entre ellos Jean-Paul Sartre, André Gide y Jean Cocteau) pidió su liberación.

En 1948, fue indultado por el presidente de Francia y, desde entonces, el autor de «Las criadas» siguió utilizando sus mejores recursos literarios (intercambio de papeles, confusión entre el bien y el mal, elaborados rituales en torno a la muerte y al sexo) para subrayar la falsedad de los valores sociales y las hipócritas convenciones de los bien pensantes.

Madame Irma, la protagonista de «El balcón», regentea un prostíbulo muy especial, en el que cada habitué dispone de todo lo necesario para dramatizar sus fantasías sexuales. Tres de estos clientes pagan para transformarse por unas horas en obispo, general y juez. Mientras esto sucede a puertas cerradas, en las calles estalla una revolución contra el antiguo régimen, liderada por una ex pupila de Irma. Muerta la reina, Irma es invitada a ocupar su lugar rodeada de sus ex clientes, ahora convertidos en auténticos funcionarios. Sin embargo, ninguno de ellos estará satisfecho de ver cumplidos sus sueños.

«El balcón» es una obra fascinante que presenta no pocas dificultades debido a su estructura de rompecabezas, sus personajes arquetípicos y su impudicia de grand guignol. Susana Anaine y Lorenzo Quinteros lograron aligerar su abundante retórica, permitiendo una clara lectura de la intriga y de las distintas anécdotas que confluyen dentro y fuera del burdel. Pero, como responsable de la puesta, Quinteros no logró que la acción fluyera con el requerido dinamismo y desplegara a fondo su juego de ilusiones. La disparidad de criterios de actuación es lo que más atenta contra el espíritu de la obra.

Toda la primera parte, con el desfile de clientes «actuando» sus fantasías, recuerda a las películas de Porcel y Olmedo. Sobre todo por el tono picaresco de algunas escenas que en realidad bordean lo bizarro, como por ejemplo, la que juega el veterano Jean Pierre Reguerraz sin más prenda que un taparrabos. Poco ha quedado del clima ritualista que imaginó el autor.

En compensación, las escenas protagonizadas por Patricia Palmer y Mercedes Fraile en el papel de Carmen, su pupila más fiel, exhiben un delicado equilibrio entre realidad y ficción, al igual que la farsesca asunción de Irma, saludando a su pueblo desde el balcón. Ambas actrices ofrecen una interpretación convincente. El resto del elenco no parece encontrar el tono justo para sus personajes, salvo excepciones como es el caso de Kike Iturralde, en el papel de Arturo y de Quique Canellas, el ceremonioso representante de la reina.

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