A «Che-Guerrilla», la segunda parte de la extensa biografía del guerrillero (que en realidad se filmó primero), le falta la variedad de estilos y de recursos que tenía la primera.
«Che-Guerrilla» (EE.UU.-Francia-España, 2008, habl. en español e inglés). Dir.: S. Soderbergh. Guión: P. Buchman, B.A. van der Veen. Int.: B. del Toro, D. Bichir, F. Potente, J. de Almeida, G. Pauls, J. Perugorria y elenco.
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De toda la vida del Che Guevara, su muerte es lo más conocido y transitado por libros y películas. Nadie quiere filmar, en cambio, algo de la expedición africana, que fue su primer gran fracaso militar, ocurrido en el que uno de sus laderos definió como «el año que no estuvimos en ninguna parte». También el de Bolivia hubiera sido un año en ninguna parte, pero la Historia decidió otra cosa. Dicen algunos, sin embargo, que el mismo Guevara forzó esa decisión. La muerte, en ciertos casos, tiene algo de triunfo. Como sea, ¡qué cansador, incluso desmoralizador, y qué escasamente marcial es el camino! Así lo evidencia el famoso diario que iba escribiendo el guerrillero, y así lo transcribe a la pantalla este film de Steven Soderbergh. Entereza, terquedad, incomprensiones, obsecaciones, fatigas, autoexigencias, embotamiento, ideologismo discursivo para reanimar la tropa y captar nuevos adeptos, con frases y decisiones que tuvieron muy buena recepción en Sierra Maestra, pero no en La Higuera, sequedad general, terreno estéril, todo eso surge del diario, y a veces también de la película. Ésta, para mayor claridad, agrega una introducción maliciosa, que asimila al comandante Castro con el general Barrientos, y pone ocasionales insertos que completan información y airean el relato. Lógicamente, va más allá del diario, resolviendo con señalable cámara subjetiva el final de la aventura.
Del resto, desgraciadamente, se echa de menos la variedad de estilo y de recursos, y el aporte informativo, que tenía «Che (el argentino)», la película que el mismo equipo dedicó a la etapa de la Revolución Cubana.
Podría creerse que los responsables se cansaron del asunto antes que los espectadores, y lo resolvieron a disgusto. En realidad, esta segunda parte se filmó antes que la primera. Vale decir, el equipo empezó a probarse, haciendo la parte fácil: una serie de situaciones monocordes en las sierras castellanas, con bolivianos importados para los roles menores, y actores españoles que suenan malísimo para los mejores bolos. En materia actoral, sólo se salvan el puertorriqueño Benicio del Toro (cuyos mejores momentos vendrían en la otra película), el portugués Joaquín de Almeida, como dictador boliviano que bien quisieran las lapaceñas, y Gastón Pauls como Ciro Bustos (a quien, hoy se sabe, Regis Debray acusó falsamente, para ungirse él como héroe).
Después, ya con el equipo aceitado, y con locaciones y actores de Puerto Rico y México, Soderbergh filmaría la primera parte, que es la buena, dentro de lo que cabe. Igual, a ambas les sobran varios minutos, y les falta emoción.
Sobre el mismo tema, y con menos gasto, sigue siendo mucho más tocante el documental del suizo Richard Dindo «Ernesto Che Guevara, das bolivianische Tagebuch», que recorre paso a paso todos loslugares citados en el diario, encuentra incluso a algunos campesinos allí citados (entre ellos los enanos soplones) y hace toda la última parte en subjetiva, contada por los captores. Aquí se estrenó en el Cosmos, y se mantuvo durante meses.
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