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30 de abril 2008 - 00:00

Ciudad perdida inspira un documental modelo

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«Construcción de una ciudad» (Argentina, 2008, habl. en español).Guión y dir.: N. Frenkel; documental.

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Hubo una vez una ciudad, Federación, junto al río Uruguay, de gran actividad comercial, linda costanera, iglesia largamente centenaria, árboles todavía más centenarios, y humilde monumento al héroe local, el indio Guarumba, coronel del ejército de Urquiza. Un día, la construcción de la represa de Salto Grande decidió su destino: la ciudad iba a ser destruida. Por una ironía de los malos cálculos, no quedó enteramente tapada, pero igual hubo que destruirla. Y a sus pobladores, hubo que trasladarlos. Ahí surgió otro problema. La represa es todavía un auténtico orgullo (y uno de los últimos grandes trabajos en pos de la energía en Argentina, sino el último), pero Nueva Federación empezó siendo un mamarracho urbanístico. La gente pasó de vivir en casas amplias con fondo y frente arbolado, a monoblocs y casas prefabricadas sin mayor gracia, sin siquiera un arbolito recién plantado, con calles barrosas mal iluminadas, y, peor aún, con vecinos nuevos. En eso, como en otras cosas, los organizadores nunca consultaron a sus habitantes, que se quedaron sin pasado palpable, sin los vecinos de toda la vida, y encima no había trabajo para todos.

¿La película es una lágrima? No, y tampoco los habitantes, que tienen sus días de nostalgia, por supuesto, sus tristezas, y pérdidas, pero también sus alegrías, hallazgos, y nuevos entusiasmos. «El agua nos quitó, y nos dio», dijeron, al descubrirse años después las fuentes termales que convirtieron la zona en un centro turístico. Y entre sus atractivos figura, naturalmente, el viaje en lancha hasta la ciudad perdida, cuyos cimientos pueden pisarse cuando baja la marea. Así, con una sonrisa a veces melancólica, a veces resignada, y muchas veces simplemente tranquila, los viejos pobladores se van presentando ante la cámara, que los ve como lo que hoy son, y como el fantasma de sí mismos que aún los sigue, y cuentan sus historias, muestran sus recuerdos, incluso bromean. El autor, Néstor Frenkel, los registra con buen montaje, los acompaña y sonríe con ellos, en vez de reírse a costa de ellos, como es costumbre en tantos documentales juveniles. Elude, asimismo, caer en lugares comunes de la política (que otros hubieran resaltado), y acierta a pleno en la elección de sus testimoniantes, desde el que atesora decenas de rollos de película casera, parte de los cuales nos muestra, y el que traslada cuidadosamente desde el monte los retoños de la flora nativa que supo haber en la ciudad original, hasta el criollo vivísimo pero de una pieza que vende souvenirs, y el viejo que sale de paseo con sus perros, apartando una víbora como de paso, y los jóvenes, que apenas tienen recuerdos heredados, todos ellos personajes atractivos, simpáticos, resignados a seguir viviendo con el buen humor que se pueda, en una ciudad que de a poco van construyendo definitivamente con sus propias vidas. Así es como se hacen las ciudades, y los buenos documentales.

P.S.

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