21 de febrero 2001 - 00:00

Con el estupendo Morelembaum cerró un ciclo de jazz gratuito

Cuarteto Jobim- Morelembaum.
Cuarteto Jobim- Morelembaum.
Las dos últimas jornadas del ciclo de jazz gratuito en la Costanera Sur tuvieron dos figuras de renombre internacional que convocaron a muchísima gente. Y aunque el recital de Dewey Redman, el sábado, tuvo su atractivo, el cierre del domingo ofreció un espectáculo que sin dudas aparecerá como uno de los momentos musicales más destacados de la temporada que recién empieza.

Es que fue sencillamente magistral lo del grupo de Jacques Morelembaum (cellista muy conocido por los argentinos a través de sus trabajos junto a Caetano Veloso y Egberto Gismonti. Con un repertorio que mezcló temas muy populares con otros menos difundidos del inolvidable Tom Jobim, quedó demostrado que la música popular puede tener un alto nivel de exquisitez.

De sólida formación clásica y también con una enorme historia en el terreno popular, Morelembaum presenta las canciones de Jobim de manera descarnada; y las sutilezas de los arreglos, los juegos armónicos, los recur-sos tímbricos (muchas de todas estas cosas se perdieron, lamentablemente, en un espacio abierto) no hacen más que reforzar la maravillosa sencillez de una lista de temas que no tiene desperdicio. Morelembaum es el eje del grupo.

Pero no está solo. Lo respalda Paulo Jobim, hijo del compositor desaparecido, estupendo guitarrista y con una voz oscura, apuntada fundamentalmente hacia los graves, ideal para la bossa nova. La can tante Paula Morelembaum -esposa del cellista-, tiene a su cargo la voz principal, luminosa, abierta, clara e impecablemente afinada.

Y a este trío, que se llama cuarteto y que incluye a cinco músicos sobre el escenario, se suman además dos instrumentistas que están perfectamente a la altura del resto: el pianista Alfredo Cardim y el percusionista y baterista Marcelo Cuesta.

El papel de teloneros le cupo en esta última noche a los argentinos del quinteto de Javier Malosetti y al Quinteto Urbano, dos grupos que ya han dado muchas muestras de talento y esa noche volvieron a demostrarlo. El sábado se pudo escuchar a Dewey Redman, un hombre cuyo papel más destacado ha sido siempre más que como solista, como integrante de grupos de otros músicos, desde Ornette Coleman hasta Don Cherry, pasando por Leroy Jenkins, Pat Metheny, Charlie Haden, Keith Jarret y Elvin Jones. Puede decirse que Redman cumplió con sus antecedentes.

A tono con sus más de 70 años, no tiene la vitalidad de otros tiempos, y su jazz siempre cercano al bebop, circula por caminos en general muy conocidos. Pero conserva un muy buen sonido y aprovecha su simpatía y su histrionismo para mantener atenta a buena parte del público que, a pesar de lo extenso de la jornada musical, resistió hasta el final de su set.

Su concierto se concentró en «estándares» y su planteo formal permaneció prácticamente calcado a lo largo de casi todas las piezas: presentación del tema por el saxo, sección central improvisada por él y sus compañeros, y reexposición nuevamente con el tenor. Sin embargo, se dio un pequeño espacio para romper la regla y hasta el sonido, improvisando sobre una escala arábiga con un musette (especie de oboe antiguo y artesanal) y con su voz en una suerte de «scat» de reminiscencias africanas.

También sus músicos cumplieron; y muy especialmente su contrabajista John Menegon, que ofreció muchos de los mejores solos de la noche. Aunque también se lució, por momentos, el pianista
Charles Eubanks, primo de Robin Eubanks, el magnífico trombonista que nos visitara el año pasado integrando la banda de Dave Holland. De los argentinos que actuaron como teloneros, la Giusti Funk Corp. fue la formación que tuvo el papel más destacado. Y un comentario extramusical: resultó inconcebible, al menos las dos últimas noches, que el Gobierno de la Ciudad decidiera cerrar los baños públicos fijos construidos en el paseo de la Costanera Sur cuando faltaba todavía más de una hora de concierto.

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