Sacheri
reconoce que
sus textos
«más
futboleros son
los más leídos
por radio», y
dice que «ese
apoyo
mediático me
permitió ser
independiente,
no pertenecer
a bandas o
capillas, y estar
en lo mío».
Eduardo Sacheri era hasta hace unos pocos años un profesor de historia que escribía cuentos sobre fútbol, que al periodista deportivo Alejandro Apo, entre otros, le gustaba ler por radio. Esos relatos convirtieron a Sacheri en un best seller inesperado, y ahora es un escritor que a veces da clases de historia, pero se pasa la mayor parte del tiempo adaptando su primera novela «La pregunta de sus ojos» con Juan José Campanella, que la llevará al cine. Dialogamos con Sacheri, de quien se acaba de publicar su segunda novela, «Aráoz y la verdad».
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Eduardo Sacheri: A lo largo de mis libros, el fútbol, que ha sido un tema fuerte, se ha ido retirando aún en lo argumental, ha pasado a estar como un telón de fondo. En mi primer libro, «Esperándolo a Tito», el fútbol saltaba de las páginas, en «Aráoz y la verdad» está más atrás, me sirvió para desentrañar la historia de Aráoz y su tragedia tan íntima y personal.
P.: ¿Qué le interesó contar?
E.S.: La aventura de un cuarentón que ha perdido todo. Un hombre absolutamente despojado, despojado en la derrota, no por voluntad propia sino por abandonos, pérdidas y fracasos. Aráoz sale a ver si le queda algo o nada, si le queda por lo menos su ídolo de la infancia o si ha sido un simple traidor. En medio de un depresión atroz se lanza a la búsqueda de un dato del pasado, que inevitablemente desencadena muchos otros.
P.: Y en esa búsqueda llega a O'Connor. ¿Esa estación existe?
E.S.: No, ese pueblo es absolutamente imaginario. Me vino bien inventarlo para desentenderme de rigores geográficos y ferroviarios.
P.: Usted describe a Aráoz como melancólico, pero también es sarcástico, cínico y, por momentos, un pícaro.
E.S.: Mi primera novela, «La pregunta de sus ojos», que ahora estamos llevando al cine con Juan José Campanella, había sido largamente meditada y arduamente estructurada. «Aráoz y la verdad» fue repentina y azarosa en su construcción. Me imaginé a alguien consciente de sus derrotas que desea cambiar porque está asqueado de sí mismo y quiere inventarse otro. Y a lo largo del libro se va reconciliando con lo que es. Yo lo fui conociendo de a poco y supe que sus posturas iniciales de «ahora me voy a hacer el malo», «a mí me mienten todo», tiene mucho de sarcasmos para él mismo y es en el fondo una impostura, y se va a tener que convencer que no es más que un tipo de buenos modales y buenos sentimientos.
P.: ¿Cómo se inicia su relación artística con Campanella?
E.S.: Juan José se topa en una librería con «Te conozco, Mendizábal», mi segundo libro de cuentos, que no tiene mucho de fútbol. Le gustan el título y los cuentos, y después compra mis otros libros, los de fútbol. Todo esto sin conocernos. Ahí piensa en tomar dos o tres cuentos de fútbol y hacer una película, que sería la siguiente a «El hijo de la novia», pero cuando se pone a desplegar la historia se enamora del tema de los clubes de barrio y surge «Luna de Avellaneda», que no tiene nada que ver conmigo. Pero de ahí sale el deseo de conocerme y de hacer algo juntos. Pensamos en hacer algo de fútbol, pero Campanella se enganchó con mi novela «La pregunta de sus ojos», que no tiene nada que ver con el fútbol, que es una novela policial, judicial, con un dejo romántico por algún lado. La novela apareció en 2005, él la leyó, y durante todo 2007 la estuvimos guionando. Se empieza a filmar en dos meses,
P.: ¿Cómo es el elenco?
E.S.: Ricardo Darín y Soledad Villamil, que replica la pareja de «El mismo amor, la misma lluvia», la primera película que Juan hace en la Argentina. Van a estar Pablo Rago, Rubén Ochandiano, un español que trabajó con él en la serie «Vientos de agua», y Guillermo Francella, en un papel serio, para mí interesantísimo.
P.: Usted desde su primer libro se convirtió en un inesperado best seller. ¿Cuántos lleva vendidos?
E.S.: Bueno, todo el mundo sabe que los libros de cuentos se venden poco. Yo de «Esperándolo a Tito» voy por la decimotercera edición, de «Te conozco, Mendizábal» por la séptima, de «Lo raro empezó después» por la octava, «Un viejo que se pone de píe» por la segunda. Hacen punta los más fútboleros, que también son los más leídos por radio. Ese apoyo mediático me ayudó mucho, me permitió ser independiente, no pertenecer a bandas, grupos, capillas, y estar en lo mío. Además, por mi formación de licenciado en Historia, no tengo nada que ver con los círculos provenientes de la Facultad de Letras, y tampoco provengo de la crítica, ni de talleres literarios.
P.: Siendo licenciado en Historia, no practica la novela histórica.
E.S.: De algún modo la Historia está en mis libros. En «Aráoz y la verdad» el pueblo O'Connor sufrió y sufre todos los vendavales de la Argentina. Los sufridos personajes tienen el baqueteo que les ha dejado el país. A mi me gusta la Historia presente de ese modo en la literatura. No me gusta que la Historia esté demasiado enunciada cuando yo estoy contando la pequeña historia de ese Ezequiel Aráoz.
P.: Tampoco participa de esa «literatura del yo», de las memorias personales, que pareciera estar de moda.
E.S.: Esa narrativa de «te cuento de mi ombligo» no me parece especialmente creativa y artística. Hay que ser muy genial para convertir en interesante el propio ombligo. Por lo común es interesante para mí y para mi terapia, para hablar sobre el vínculo materno. Pero para que el lector se conmueva, para que el relato tengo algún aspecto más universal y trascendente, me molesta aplicar palabras tan amplias y solemnes, yo creo que tiene que escapar del ombligo del narrador. Algo que ya sabía Homero. Uno lo quiera o no va a hacer entrar en la historia que cuenta sus propios fantasmas, pero no hablando de ellos sino en la trama de un fabular interesante. En los sucesos históricos hay una o varias personas, y hechos, cosas que suceden y se suceden, y lo que se recuerda son esos acontecimientos, esos sucesos. Y hay una trama que supera al personaje, a ese tan sujeto histórico como lo somos todos. Tal vez ese conocimiento profesional me ha alejado de los escritores argentinos de la actualidad.
P.: ¿Por qué su personaje recuerda y cita textos de Cortázar?
E.S.: Es que considero que me recibí de lector, en la secundaria, leyendo los cuentos de Cortázar. Cortázar me deslumbró, me sedujo, me sorprendió y me provocó el deseo de leer y de escribir ficción. Me hizo saber que una historia puede partir de lo nimio para crecer hacia lo inesperado. Cortázar era un mago que hacía magia al narrar, en vez de la banalidad de sacar un conejo de la galera, cuenta de ese señor que en una casa de la calle Suipacha, justo entre el primero y segundo piso, siente que va a vomitar un nuevo conejito. Cortázar es uno de mis fantasmas del pasado, uno de aquellos que me prodigó momentos iluminadores, pero no tengo necesidad de hablar de él desde mí, Aráoz comparte conmigo aquel ya lejano deslumbramiento por el poder de la literatura.
P.: Campanella sostiene que usted cuenta «historias de gente común donde lo cotidiano se vuelve épico».
E.S.: Es un gran favor de Campanella. Pero acaso es mi concepción de la literatura. Me gusta descubrir lo que hay de excepcional en lo cotidiano y en las personas comunes y corrientes.
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