Hay una línea argumental central, la angustiosa desaparición en un parque de la pequeña hija de una cliente de la masajista, en torno a la cual se ordenan las otras historias, se cruzan los personajes, y desnudan su intimidad ante el espectador.
Los sentidos hablan por ellos mismos: esa manera de conocimiento a la que la tradición occidental tendió, a lo largo de los siglos, a tildar de «engañosos», sobrepasa la identidad misma de los personajes. En ese «sentido», la película de
De acuerdo con la partición que establece el guión, hay sentidos de sabiduría y otros de pérdida, los hay de decepción y de iluminación. Están los que colman y los que frustran. Cada espectador, desde luego, se sentirá más o menos próximo de cada una de las historias.
De manera arbitraria, se podría decir que las más logradas son las del oculista y la de la voyeurista, es decir, las que corresponden al oído y a la vista (casualmente, los únicos dos sentidos sobre los que se apoya el cine, aunque hayan existido alguna vez ciertas experiencias artificiosas de cine «olfativo»). El oculista, interpretado por