En el Westwood Village Memorial Park de Los Ángeles, uno de los mayores mitos eróticos del siglo XX descansa en un nicho tras una placa sencilla, con sólo un nombre y dos fechas: “Marilyn Monroe, 1926-1962”. Apenas un mármol marcado por las huellas de las manos de los visitantes. Algunos dejan flores, hay mujeres que estampan sus labios pintados, pero otros quisieron algo más permanente.
Centenario de Marilyn: el mito que no encuentra paz
A cien años de su nacimiento, la legendaria estrella regresa en múltiples homenajes. Su vida pública fue breve, su apropiación por Hollywood y la política, interminable.
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Marilyn Monroe, actriz y mito: el próximo lunes 1 de cumplen cien años de su nacimiento.
Richard Poncher, empresario, compró el nicho vacante, directamente encima del de Marilyn, para obtener una forma extravagante de eternidad: ser enterrado boca abajo, sobre ella. En 2009, poco después de su muerte, su viuda, Elsie Poncher, decidió terminar con ese capricho: vendió la cripta en eBay para pagar la hipoteca de su casa en Beverly Hills. La oferta superó los 4,6 millones de dólares. A pocos centímetros, Hugh Hefner había comprado en 1992 el nicho vecino. También él quiso quedar para siempre junto a la mujer a la que había ayudado a convertir en mito y mercancía cuando publicó sus fotos, desnuda, en el primer número de Playboy, en 1953.
Marilyn, quien dijo una vez “Hollywood es ese lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma”, no imaginó que su alma llegara a valer tanto, una vez muerta, claro. En vida, fue objeto y víctima de los estudios, fotógrafos, productores, políticos, maridos, fans. Y, tras su muerte, de biógrafos, coleccionistas, museos, subastadores, documentalistas, turistas.
El centenario de su nacimiento, el próximo lunes 1 de junio, reaviva la leyenda con más vigor. Habrá ciclos, exposiciones, libros, reediciones. El British Film Institute la presenta como “una estrella hecha a sí misma”. La National Portrait Gallery, en Londres, expondrá una colección de retratos y fotografías. El Academy Museum de Los Ángeles anuncia una muestra centrada en su condición de actriz e image-maker.
El mito y la mujer
Marilyn nunca fue víctima dócil del dispositivo; sin las armas suficientes, intentó rebelarse repetidas veces contra él, aunque no lo logró. Billy Wilder, quien la dirigió en “La comezón del séptimo año” (“The Seven Year Itch”, 1955) y en “Una Eva y dos Adanes” (“Some Like It Hot”, 1959), la maltrató y la necesitó. Dijo que si lo que quería era alguien puntual y capaz de aprenderse las líneas, tenía una vieja tía en Viena; el problema era que nadie pagaría una entrada para verla.
Wilder no santificaba a Marilyn, la describía como un problema de producción y un milagro de pantalla. En una entrevista recordó sus retrasos enfermizos, las jornadas de rodaje alteradas por su culpa, las excusas inverosímiles. Pero, enseguida, admitía la radiación única que salía de ella en la pantalla apenas aparecía.
Tony Curtis, su coprotagonista en “Una Eva…” y con quien peor se llevó durante el rodaje (ni se dirigían la palabra fuera de filmación), fue menos eleganote. Dijo que besar a Marilyn era como besar a Hitler. Curtis explicó después que había sido una respuesta irritada a la pregunta idiota de un periodista. Pero la frase sobrevivió como uno de esos exabruptos que a Hollywood le encanta perpetuar. Eran otros tiempos, hoy lo habrían masacrado a Curtis.
La posteridad separó las dos Marilyn: la del caos y la del glamour. Una llegaba tarde, olvidaba líneas, dependía de Paula Strasberg, detenía rodajes, irritaba a directores. La otra cantaba “I Wanna Be Loved by You” con una mezcla de inocencia perversa y cálculo de mujer fatal que no ha perdido ni una gota de encanto. Siempre detestó la imagen de “rubia tonta” que le endilgaban en los primeros años de su carrera.
Por eso resulta tan interesante la célebre fotografía de Eve Arnold en 1955: Marilyn leyendo “Ulysses”, de James Joyce, en Long Island, en malla, con el pelo revuelto y el libro abierto cerca del final. La imagen parece construida para desmentir a los que la pretendían esa rubia tonta y a los que la veían como puro cuerpo.
Durante años se discutió si estaba realmente leyendo a Joyce o si era una pose (la pregunta ya contiene el prejuicio). Según la reconstrucción de Richard Brown, Arnold contó que Marilyn llevaba el libro, lo sacó mientras la fotógrafa cargaba la cámara, empezó a leer en voz alta y dijo que prefería entrar y salir del texto antes que leerlo linealmente. Un método muy apropiado para leer el “Ulysses”.
La leyenda agregó que Marilyn habría estado destinada a interpretar a Molly Bloom en una versión cinematográfica de Joyce, pero el dato nunca se verificó. En las clases privadas de Lee Strasberg, creador del Actors Studio del queu salieron tantas estrellas de los 50 y 60, como Marlon Brando, ella trabajó el monólogo de Molly Bloom, y de allí que tuviera el libro.
Marilyn y la literatura
Los escritores entendieron a Marilyn mejor que muchos biógrafos. Truman Capote la retrató en “A Beautiful Child” como una criatura encantadora, vulnerable, un poco perdida, pero también capaz de una comicidad propia. Norman Mailer escribió sobre ella con una mezcla de fascinación y apropiación. Joyce Carol Oates hizo de Marilyn una ficción monumental en “Blonde”: no una biografía, sino una pesadilla estadounidense donde la actriz se vuelve cuerpo sacrificial de la cultura del espectáculo (el libro fue convertido, no hace mucho, en una serie de Netflix que no estuvo a su altura).
Gloria Steinem intentó devolver a “Norma Jeane”, a la infancia, al trabajo, a la mujer debajo de la marca. Richard Dyer, más analítico, la leyó como construcción cultural: sexo e inocencia, deseo y castigo.
En Francia, Marilyn entró en la inteligencia crítica por caminos laterales. Sartre no escribió, propiamente, sobre Marilyn. Pero su nombre se cruzó con ella cuando John Huston le encargó el guion de “Freud”. La reconstrucción de ese proyecto cuenta que a Sartre lo atrajo la posibilidad der escribir un papel para Marilyn. Se la pensó para Cecily, la paciente que condensaba zonas oscuras del relato freudiano. La película terminó sin Sartre —que retiró su nombre— y sin Marilyn. (Ella había debutado en el cine en un papel menor de un film de Huston, “Mientras la ciudad duerme”).
En “Les Stars” de Edgar Morin, Marilyn aparece como una mutación del sistema. Una estrella ya no completamente inaccesible, más próxima, más más reconocible. Después de su muerte, Morin la colocó junto a James Dean; él como encarnación adolescente, ella como “encarnación femenina” de una búsqueda de sentido. La estrella ya no ofrecía una imagen eufórica; testimoniaba “una insatisfacción, un problema”.
Jacques Siclier escribió que Marilyn había muerto víctima de Hollywood y resumió el mecanismo con esta frase: la estrella es mercancía; debe “aceptar las reglas o morir”. La revista Positif le dedicó un dossier tras su muerte, con textos de Ado Kyrou y Alvah Bessie. El título de Bessie era una pregunta que iba más allá de la investigación policial: ¿quién mató a Marilyn Monroe? En esa pregunta entraba Hollywood, el público, la prensa, la maquinaria que primero fabrica una aparición y después se sorprende de que esa aparición no sobreviva.
Los documentales repiten esa teoría. “The Legend of Marilyn Monroe”, de 1966, la convirtió en relato póstumo. “Marilyn Monroe: The Final Days” volvió sobre “Something’s Got to Give”, la película inconclusa, como si el último rodaje fuera una autopsia. “Love, Marilyn” buscó otro camino: cartas, notas, papeles privados leídos por actrices contemporáneas. “Reframed: Marilyn Monroe” propuso una mirada femenina. “The Mystery of Marilyn Monroe: The Unheard Tapes” regresó al expediente, las grabaciones, la muerte, la sospecha.
Los Kennedy y su muerte
El episodio Kennedy llevó el caso Marilyn a otra escala. El 19 de mayo de 1962, en el Madison Square Garden, ella cantó “Happy Birthday” para John F. Kennedy en una gala de recaudación del Partido Demócrata, como saludo anticipado por el cumpleaños 45 del presidente. La escena duró poco y quedó fijada para siempre: la luz sobre ella, el vestido color piel, la voz casi susurrada, Peter Lawford la presentó con ironía por su demora, Kennedy respondió que ya podía retirarse de la política después de haber recibido una versión tan dulce del cumpleaños.
Fue una forma de poner el deseo en el centro del poder. Marilyn no cantaba para un galán de Hollywood, sino para el presidente de los Estados Unidos, en público, ante donantes, artistas, operadores políticos y fotógrafos. Lo que en otra película hubiera sido un número musical allí se volvió una escena institucional.
La foto conocida de esa noche fue tomada después, en la casa de Arthur Krim, ejecutivo de Hollywood y figura del Partido Demócrata. Allí aparecen Marilyn, John Kennedy, Robert Kennedy, Harry Belafonte y Arthur Schlesinger Jr. La imagen alcanza para encender miles de conjeturas.
Lo mismo ocurre con la relación de Marilyn con los Kennedy. Las biografías más serias no la niegan, pero tampoco permiten convertirla en novela negra. Hay testimonios sobre un encuentro íntimo con JFK en marzo de 1962; hay rumores persistentes sobre Robert Kennedy; hay versiones contradictorias, silencios y un archivo que siempre arroja más dudas que certezas.
La muerte de Marilyn, menos de tres meses después, hizo el resto. La investigación oficial habló de intoxicación aguda por barbitúricos y “probable suicidio”. A partir de los años sesenta, y con más fuerza en los ochenta, crecieron las teorías sobre asesinato, encubrimiento, mafia, CIA, Robert Kennedy, diarios desaparecidos y teléfonos intervenidos. La fiscalía de Los Ángeles revisó el caso en 1982 y no encontró pruebas que sostuvieran una teoría de homicidio. Pero las sospechas siguieron y siguen.
La relación con los Kennedy no importa sólo por lo que haya ocurrido en una cama o en una casa de Brentwood, sino porque unió tres mitologías estadounidenses: Hollywood, la Casa Blanca y la muerte prematura. Después de esa mezcla, Marilyn ya no pudo pertenecer sólo al cine. Quedó atrapada en una imaginación nacional donde el deseo, el secreto y el poder eran una tríada indivisible.
La estatua Forever Marilyn, de Seward Johnson, lleva esa lógica al tamaño monumental. Más de siete metros de Marilyn con el vestido blanco levantado por el aire del subte en “La comezón del séptimo año”. El resultado es menos un homenaje a una actriz que un monumento a un fotograma erótico. En Palm Springs generó protestas, selfies, discusiones sobre sexismo y turismo. La estatua no representa sólo a Marilyn sino a la conducta alrededor de Marilyn.
Las películas
Lo que permanece inalterable son las películas: “Los caballeros las prefieren rubias” (“Gentlemen Prefer Blondes”, 1953), donde la supuesta codicia de Lorelei Lee es inteligencia práctica; “Cómo atrapar a un millonario” (“How to Marry a Millionaire”, 1953), donde la belleza miope de Marilyn produce comedia física antes que glamour, “La comezón del séptimo año”, aunque la imagen del vestido que flota sobre el respiradero del subte haya devorado la película; “Una Eva y dos Adanes”, donde Sugar Kane entre Lemmon y Curtis componen una comedia perfecta, y, entre otras, “Los inadaptados” (“The Misfits”, 1961), donde ya no hay manera de separar la fragilidad del personaje del cansancio de la persona.
Antes de los Kennedy estuvieron Joe DiMaggio y Arthur Miller, dos formas casi opuestas de prestigio masculino alrededor de Marilyn. DiMaggio, el héroe del béisbol, parecía ofrecerle la promesa de una vida sólida, doméstica, fuera de los estudios; pero el matrimonio duró menos de un año y la escena del vestido blanco en “La comezón…”, filmada ante una multitud en Nueva York (entre la que él se encontraba), condensó la incompatibilidad; lo que para Hollywood era publicidad, para DiMaggio fue una humillación intolerable. Después de su muerte, sin embargo, fue él quien organizó el funeral, apartó a buena parte de la industria y mandó flores a su tumba durante años.
Miller representó el polo inverso, la legitimidad intelectual. Marilyn se casó con él en 1956, estudió con Lee Strasberg, buscó papeles más serios y pareció acercarse a una cultura que ya no la mirara sólo como cuerpo. Pero también allí se quebró. “Los inadaptados”, escrita por Miller para ella, terminó siendo su última película completa y el escenario de una separación en marcha. Entre DiMaggio y Miller queda una Marilyn tironeada por dos rescates imposibles: el de la mujer que debía ser protegida del espectáculo y el de la actriz que debía ser elevada por la literatura. Ninguno lo logró.
Cien años después, la escena más verdadera de Marilyn Monroe tal vez no esté en la tumba modesta, ni en la estatua monumental, ni en la foto de Ulysses. Está en la contradicción de que todos quisieron fijarla en una imagen, pero ella sigue escapándose.






