La Duquesa de Medina Sidonia, llamada Duquesa Roja, murió el mes pasado a los 72 años y produjo el último de sus escándalos: se casó in articulo mortis con su secretaria, a quien le cedió su palacio de Sanlúcar de Barrameda. Sus tres hijos recurrirán esa voluntad. En los '60, la Duquesa Roja había revelado al mundo un grave accidente en un pueblo andaluz sobre el que cayeron bombas termonucleares, y Franco la hizo encarcelar. En los últimos años, desafió a los historiadores cuando sostenía que el descubrimiento de América por Colón o la existencia de la Armada Invencible eran patrañas.
Luisa Isabel Alvarez de Toledo y Maura, la Duquesa Roja: encarcelada por el Generalísimo, exiliada luego en París, poseía una biblioteca fastuosa en su palacio de Sanlúcar de Barrameda.
El palacio, encaramado en las alturas de Sanlúcar de Barrameda, exuda conquistas, carabelas que zarpan hacia destinos imprevisibles, reyes y fastuosos saraos, como si el tiempo asombrosamente se hubiera detenido. Esa ciudad, ubicada en la desembocadura del Guadalquivir, tuvo un poderío económico desmesurado y fue dominada durante siglos por los duques de Medina Sidonia. El palacio en nada ha cambiado: los enormes salones, los óleos de antepasados y los viejos muebles españoles parecen esperar que ingrese Alfonso el Sabio o Cristóbal Colón. Sin embargo, la modernidad se había apoderado de él. Hasta hace poco más de un mes, en una pequeña biblioteca atiborrada de libros hasta el techo, se podía ver a una mujer diminuta, enfundada en shorts azules que dejaban ver sus alpargatas que hacían juego, concentrada en su laptop, haciendo complicadas cuentas. Era Luisa Isabel Alvarez de Toledo y Maura, vigésimoprimera duquesa de Medina Sidonia, tres veces Grande de España y fallecida el pasado 7 de marzo a los 72 años.
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Sus blasones eran apabullantes: descendía de Guzmán el Bueno (ese es el apellido original de la familia), a quien el rey don Sancho IV concedió, en 1297, el señorío de Sanlúcar de Barrameda. Pero la duquesa de Medina Sidonia no se hizo célebre por sus antepasados sino por su combatividad política durante la era del generalísimo Francisco Franco. Se había transformado en una rara avis que se atrevió a desafiarlo, ante el horror de la nobleza española, organizando manifestaciones contra el régimen, escribiendo demoledores artículos periodísticos, soportando la cárcel y el exilio. Hasta tal punto fue legendaria, que se la llamó la «Duquesa Roja».
Su leyenda la sobrevive, y con creces: la duquesa, quien después de su breve matrimonio había jurado no volver a casarse jamás, produjo el último de los escándalos al desposarse, «in artículo mortis», con su secretaria Liliane María Dahlmann, con quien mantuvo una relación oculta de casi tres décadas, y a quien cedió el palacio y su fastuosa biblioteca. Sus hijos Leoncio Alonso, María del Pilar y Gabriel Ernesto, a quienes no trataba y que no ignoraban la tendencia sexual de su madre, prometen recurrir en las cortes la voluntad final de su madre.
«El nombre de 'duquesa roja' me lo puso la agencia noticiosa EFE, al enterarse de que una duquesa había organizado la protesta a raíz del incidente de Palomares» -aseguraba hace poco con un cigarrillo en la mano, ya que era una fumadora en cadena- «lo cual no dejó de ser gracioso: se publicó la foto de la duquesa de Valencia, y no la mía. Eran conocidas sus simpatías por la izquierda».
El 17 de enero de 1966, un bombardero norteamericano chocó en el aire con su nave nodriza, sobre el misérrimo pueblo andaluz de Palomares, del cual se desprendieron cuatro bombas termonucleares: dos soportaron el impacto, pero las restantes liberaron su carga, contaminando cinco mil hectáreas en la región. Este hecho era el que le faltaba a la duquesa de Medina Sidonia para entrar en combate. Hasta ese momento, su postura ante el régimen de Franco se había limitado a meras críticas, a protestas menores.
«Desde niña consideré que en la España de Franco no existía la ética» -recordaba, mientras el caluroso aire del verano andaluz entraba por la enorme ventana abierta de par en par-. «Me parecía injusto que un campesino tuviera que vivir durante un año de dos labranzas y una cosecha. Lo que sucedió en Palomares creo que signó mi vida». Ese accidente se reflejó en la prensa internacional gracias a ella. La oposición organizó un acto de protesta al que la duquesa siempre consideró ridículo: un homenaje al poeta Antonio Machado en la localidad de Baena.
Los «señores de barba», como denominaba a la izquierda española, eran absolutamente incapaces. «A quién puede ocurrírsele hacer un homenaje a Machado en un pueblo donde nadie lo conocía. Hacía falta una acción contundente» remataba. La duquesa movió los hilos mediáticos con habilidad superlativa: se comunicó con la cadena televisiva NBC, con las agencias noticiosas United Press y EFE y con su entrañable amigo el periodista Armando Puente. La marcha de protesta en Palomares recorrió el mundo y la ira del Generalísimo no tuvo límites: la hizo juzgar por un tribunal militar.
Nada le importó que Luisa Isabel Alvarez de Toledo y Maura ostentase el ducado más antiguo de España, el de Medina Sidonia, concedido por el rey Juan II, en 1445, al entonces conde de Niebla. El tribunal la condenó a un año y un mes de prisión efectiva, que cumplió en la cárcel de Alcalá de Henares, reducida a ocho meses por buena conducta.
«Hice vida de reclusa, sin privilegio alguno» aseguró. «Cuando fui liberada, pude ver una lista de nobles españoles,todos amigos, que solicitaban que me mantuvieran recluida». El hecho de estar libre no significó que se hubieran resuelto sus problemas judicialesy políticos; por el contrario,le llovieron varias causas más y un militar amigo le sugirió que saliera cuanto antes de España. Cruzó a Francia por la frontera vasca, en Irún.
«Ni siquiera me pidieron el pasaporte» -reveló- «creo haber descubierto cierta complicidad en la expresión del gendarme». Si Francisco Franco creyó que el exilio silenciaría a la «duquesa roja», se equivocó. Vivió seis años y medio en París, concediendo entrevistas, hablando por teléfono con sus aliados en España, y su fama se convirtió en legendaria. La primera entrevista que se publicó en la Argentina sobre la célebre duquesa fue escrita por Tomás Eloy Martínez para un semanario porteño. De allí surgió una amistad y era frecuente que doña Isabel visitara al periodista, entonces corresponsal en París de Editorial Abril, en su departamento de la Place de Normandie, en el Marais parisiense.
La duquesa de Medina Sidonia no tenía la menor noción de los gastos, ni cuánto costaba una comunicación telefónica a España. Levantaba el auricular del teléfono de Martínez y hablaba una hora con sus sirvientes del palacio de Sanlúcar de Barrameda. Tampoco parecía comulgar demasiado con la izquierda, tan de moda en aquellos años. Si se enteraba, por ejemplo, de que no se habían cumplido sus indicaciones, su voz se elevaba a decibeles imprevisibles: «¡Decid que lo ordena la señora duquesa!» amenazaba. Un año después de haber muerto Franco, varias leyes de amnistía la favorecieron y regresó a España.
Patrimonio
Hasta su muerte, la duquesa de Medina Sidonia recordaba con orgullo aquellas épocas, mientras enfrentaba otros problemas. Habiendo sido hija única, luchó denodadamente y en absoluta soledad por salvar su reducido patrimonio. La mera mención del ducado más antiguo de España y de un palacio como el de Sanlúcar de Barrameda hace suponer una fortuna colosal. Sin embargo, nada más alejado de la realidad.
Hacia 1840, el gobierno español sancionó una ley tan oportuna como lo fue la de Enfiteusis, de Bernardino Rivadavia, que permitió que la nobleza hispánica aumentara considerablementesu fortuna. «Los duques de Alba, de Medinaceli y del Infantado adquirieron enormes extensiones de tierra, que aún conservan -decía, mientras encendía un nuevo cigarrillo. «No fue el caso de los Medina Sidonia, que se negaron a comprar tierra por considerar que esa ley era inmoral».
La fortuna se había reducido a tal punto que una de las hijas de la duquesa, Pilar, que es periodista, afirmó que aún no entiende cómo existe el ducado. Pero el exilio y la cárcel habían templado a la duquesa de Medina Sidonia, que no se ahogaba precisamente en un vaso de agua. Si bien confesaba «no tener un duro», esto no impedía que hubiese puesto en marcha emprendimientos económicos que le permitieron sobrevivir más que decorosamente.
Transformó un ala del palacio de Sanlúcar de Barrameda en un hotel de nueve habitaciones, que permitía mantener el personal, un total de catorce personas. El archivo que alberga el palacio es -de los privados- el mayor de Europa. Mientras recorría los enormes salones, podían verse cientos de volúmenes prolijamente encuadernados en pergamino, donde prácticamente está la historia de España.
La duquesa creó una fundación y cobra altos cánones a ayuntamientos y organismos estatales que quieran consultarlos. «Es vergonzoso» -se quejaba- «siempre terminan no pagándome». Lo más sorprendente, sin embargo, es el lugar donde se encontraba ese gigantescoarchivo. «Mi padre habíaguardado todos estos volúmenes en un guardamuebles, en Madrid. Me llevó diez años clasificarlos y colocarlos es estos salones» -confesaba. La duquesa de Medina Sidonia nunca fue una mujer fácil de llevar, aunque sólo a su muerte salió a la luz la verdad. No tenía relación con sus tres hijos y sólo tuvo un marido, José González de Gregorio. Se limitaba a decir: «Mi matrimonio apenas duró tres años y me sirvió de lección: jamás volví a casarme».
Tampoco era fácil lidiar con ella en materia literaria, desde el momento en que era escritora e historiadora. Una de sus novelas, «La huelga», sólo incrementó el fastidio del régimen de Franco. Su relación con la legendaria agente literaria Carmen Balcells no fue precisamente un lecho de rosas. «Mira, Isabel -solía decirme-: tú tienes que escribir sobre esto o aquello y de esta forma. Un día me cansé y le dije que podría sugerirme cambios en algunos párrafos o en el perfil de los personajes. Pero quien escribe el libro soy yo y lo haré como me dé la gana. Por otra parte, no perdí mucho: nunca pude cobrar los derechos de autor».
Historia
Si en el pasado la duquesa escandalizaba a la nobleza española, hasta que murió lo hizo con los historiadores. Desde el momento en que poseía el archivo privado más importante de Europa, tenía acceso a documentos secretísimos que ponen en tela de juicio venerables hechos históricos. Uno de ellos, precisamente, es el descubrimiento de América por Cristóbal Colón.
«Esa es una fábula urdida en la época de Carlos V, para justificar que España y Portugal se habían repartido el mundo gracias a un papa valenciano, como Alejandro VI. En realidad» -aseguraba- «tengo documentación que prueba que los españoles habían llegado a la actual Venezuela en 1463». Una de las tantas pruebas podía palparse al descorrer una cortina que dejaba ver un viejo documento fechado en 1478, decorado en su margen superior izquierdo con motivos policromados donde se descubren sorprendentes papagayos.
«Cómo es posible» -razonaba- «que este documento incluya papagayos, que son obviamente del Nuevo Mundo, catorce años antes del descubrimiento de América». No menos sorprendentes eran sus afirmaciones de que la Armada Invencible, lanzada por Felipe II a invadir Inglaterra a fines del siglo XVI, comandada por el séptimo duque de Medina Sidonia, jamás existió. «Se trata de otra patraña histórica» -sentenciaba-. «La verdad es que mi antepasado sólo realizaba un transporte de tropas a Flandes, y tengo documentación que lo demuestra».
Semejantes teorías le habían granjeado la antipatía de los historiadores, que la consideraban una suerte de hereje. En un seminario realizado hace poco en la ciudad andaluza de Córdoba, cuando la duquesa, recurriendo a métodos audiovisuales, lanzó otra de sus audaces teorías, logró que se interrumpiera el seminario y que los historiadores se retirasen. «Lo cual no me sorprende -ironizó «porque en España aún sigue la censura».
Curiosamente, la duquesa tenía lazos con la Argentina. Su prima, Inés Maura («la que vive en Tortugas», añadía), es la madre de Huberto Roviralta, quien se encuentra jugando al polo en Sotogrande, en la Costa del Sol. Su asombro no tuvo límites cuando se enteró, por el autor de esta nota, que su sobrino ha cobrado diez millones dólares al divorciarse de la diva televisiva del teléfono. «Por Dios...¿quién es Susana Giménez? No tenía idea de su existencia. Pero, pensándolo bien, ya que estuvo en la familia podría ser miembro de mi fundación» -concluyó.
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