Carolina Getar y Julián Caisson interpretan al matrimonio a
punto de divorciarse de «La música», de Marguerite Duras.
«La música», de Marguerite Duras. Int.: Carolina Getar, Julián Caisson. Versión: Pablo Rey. Dir.: Gabriela Felperín. (Lasaladearriba. Guatemala 4778. Viernes a las 21.30.)
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En todo divorcio, el recuerdo del infierno está a plena luz. Lo que se esconde en las sombras es la materia de «La música», dolorosa obra de cámara de Marguerite Duras, originada en 1965 a partir de un encargo de la televisión inglesa para un ciclo llamado «Love stories», que se transformó luego en pieza teatral y, dos años más tarde, en su primera película como directora.
Sobre esas sombras discurren Anne Marie y Michel. Es de noche, han viajado a un hotel de provincias para ultimar los trámites del divorcio, y saben (aunque nunca se sabe nada) que será esa la última vez que se crucen en la vida. Ella, con su futuro nuevo esposo, emigrará a los Estados Unidos; él permanecerá en Francia junto con su futura nueva mujer, que esa noche no deja de llamarlo por teléfono: está inquieta. También Anne Marie recibe un llamado del hombre que ahora la acompaña, y viaja lentamente hacia ese hotel.
En la delicada y bellísima versión de Gabriela Felperín, las voces de esos extraños son las de los mismos protagonistas, que se vuelven de espaldas al público en los momentos precisos. No se les ve el rostro, y -podría pensarse- tampoco existirían para cada uno de ellos si no fuera porque en sus voces resuenan, recíprocamente, quienes fueron ellos mismos, uno para el otro. Son, también, las sombras, aquello sobre lo que discurre Duras con más silencio que palabras, como corresponde a la música.
Los personajes de «La música», así, se multiplican por tres: Anne Marie y Michel, tal como son ahora; ellos mismos en los recuerdos comunes y los secretos que se ocultaron pero intuyeron ( secretos que encuentran, esa noche, un explosivo campo de revelación a veces obsceno, a veces tierno); y los extraños que les demandan, con ingenua ansiedad, un presente que les pertenece ilusoriamente, porque es un presente sin memoria.
Godard, alguna vez, puso en boca de uno de sus personajes que la memoria era el único paraíso que no pueden enajenarle al hombre, pero era replicado por otro: «No es así. La memoria es el único infierno al que se nos condena en total inocencia». Duras, indudablemente, se haría cargo de la segunda idea.
Carolina Getar compone una Anne Marie firme y decidida, de una contenida frialdad de la que se va despojando hasta el punto en que podría ser peligroso continuar. El Michel de Julián Caisson tiene ternura y arrebato, y da con el aire a veces contradictoriamente infantil que la autora pensó para el personaje.
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