21 de noviembre 2000 - 00:00
El Buena Vista que faltaba
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Artistas con distintas edades -en su mayoría, en la tercera-, con historias personales y profesionales bien diferentes, terminaron identificándose con esta «movida» que los sacó del ostracismo en el que se encontraban, los transformó en estrellas internacionales, les hizo recorrer más kilómetros que en todo el resto de su vida, y los puso en la consideración hasta de los propios cubanos.
También desde esa perspectiva deben analizarse entonces las actuaciones de esta cuarta y última embajada Buena Vista.
Más allá de los valores que tienen estos músicos y cantantes, no debería soslayarse el sólido trabajo de marketing primermundista que generó, también en el público argentino, la necesidad de considerar a todos, prácticamente por igual, como genios de la música caribeña.
Los momentos más interesantes de estos conciertos, siempre con el respaldo de un enorme combo sostenido en los bronces y la percusión, estuvieron en las participaciones del octogenario pianista Rubén González y del septuagenario cantante Ibrahim Ferrer. Omara Portuondo es una artista que sabe conectarse con el público, que canta con dignidad, pero muy lejos hubiera estado de salir de la isla de no haber sido por la película.
Música de factura sencilla con letras que en general dicen poco, destinada fundamentalmente al baile, tuvo su aspecto más destacado en la realización grupal, en el swing que aún conserva González en el piano, y en la voz aguda de Ibrahim. Casi todos han aprendido la lección del show internacional y, en esa profesionalización, han perdido parte de su frescura.




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