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9 de enero 2003 - 00:00

"El crimen del padre Amaro"

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Gael García Bernal


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El protagonista de su novela es un joven Tartufo de provincia, en cuya ordenación como sacerdote nada tuvo que ver su voluntad. Amaro era un huérfano que terminó en el convento por decisión de sus tutores, y allí se quedó: era uno de los tres caminos posibles en el Portugal de la época para los de su condición. Los otros eran la mendicidad o huir a probar fortuna al naciente Brasil.

En Leiria, el pueblo de la novela al que llega como párroco, Amaro tropieza con una sociedad conservadora e hipócrita y con una casta sacerdotal heredera de los «goliardos» del Medioevo: monjes sanguíneos y borrachos, dudosamente espirituales, que habían empezado a sufrir el paulatino traspaso del dominio de la Iglesia a los poderes políticos.

Pero en Leiria también tropieza Amaro con Amelia, joven devota, inocente aunque sensual, a la que seduce y embaraza. El joven cura cuenta con la complicidad de su superior, el canónigo Dias, quien a su vez era amante de la madre de Amelia, la Sanjuanera. El fruto de esa unión no termina, como en la película, en un aborto, sino en el pozo con agua de una de las tantas familias de sicarios que se encargaban, a cambio de unas monedas, de matar a los bebés ilegítimos. Una más entre las tantas miserias de la Europa atrasada, en los inicios de la segunda etapa de la revolución industrial, y a las que los narradores naturalistas ponían en foco para romper con el ya decadente romanticismo de origen alemán, que «ocultaba la realidad».



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