"El custodio"

Espectáculos

«El custodio» (id., Argentina-Francia-Alemania-Uruguay, 2006, habl. en esp.) Guión y dir.: R. Moreno; Int.: J. Chávez, E. Onetto, O. Núñez, M. D'Andrea, O. Djeredjian, C. Villamor, V. Weinberg, G. Docampo.

Pinta esta película el retrato de un solitario que pasa su vida en la inútil espera de algo fuera de lo común, cuidando las espaldas de un ministro que prácticamente lo ignora, y que, a su vez, no es sino un figurón ignorado. En suma, dos vidas bastante aburridas, si bien uno tiene casa con pileta, amante, familia completa y gente que lo cuida, y el otro vive en una covacha, se las arregla con la oferta de menor precio, etc.

Lo que el otro, el protagonista, tiene de sobra, es tiempo, que ocupa en largas esperas en lugares donde nunca pasa nada que realmente merezca sus servicios, ni siquiera su atención, aunque esté siempre atento. Para eso le pagan. En eso acumula tensiones, que se descargarán sólo en dos momentos: el primero bien breve, incómodo, levemente ridículo, y el segundo bien decisivo, dramático, y, puestos a considerar, también bastante ineludible.

En eso la película sigue la teoría del remate sorpresa que cierra todo buen cuento dejando al lector con la boca abierta. En todo lo demás sigue las teorías y los gustos del minimalismo cinematográfico argentino, una línea de producción que está dando buenos resultados en festivales, circuitos europeos especializados, y revistas para iniciados, pero bajos dividendos en boleterías de cines comerciales. Para apreciar, de todos modos, y sacarse el sombrero, la meticulosa composición de Julio Chávez, la muy coherente fotografía de Bárbara Alvarez, y el rigor a toda prueba del director Rodrigo Moreno, que era más divertido en el corto «Compañeros», de «Mala época», pero acá quiso hacer, según sus propias palabras, «una película callada», como «con silenciador», y cumplió en forma precisa.

A modo de reproche cabe citar, sin embargo, otras palabras suyas, cuando por ahí dijo que ni siquiera en los peores tiempos acá atentaron contra un ministro. Alguien debería recordarle el nombre de Arturo Mor Roig, al que los Montoneros mataron por la espalda en un restaurante de San Justo (32 orificios de entrada, dijo el médico forense).

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