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16 de abril 2008 - 00:00

"El diario de la niñera"

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La antropóloga que dio aquel mal paso: Scarlett Johansson, la «nanny», y su patrona Laura Linney en «El diario de la niñera».
«El diario de la niñera» («The Nanny Diaries», EE.UU., 2007; habl. en inglés). Dir.: S. Springer Berman y R. Pulcini. Int.: S. Johansson, L. Linney, P. Giamatti, N. Art, A. Keys y otros.

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Aquí no está Fran Drescher (la divertida protagonista de «The Nanny»), y ni siquiera Florencia Peña. Annie, la niñera que interpreta Scarlett Johansson, es una abnegada y perpleja trabajadora social originaria de Nueva Jersey (es decir, suburbana), que no termina de comprender la mentalidad que guía a la fría clase media alta de la Quinta Avenida, cuyas mujeres son capaces de distinguir a la perfección perfumes, modelos de ropa y restaurantes sofisticados, pero no reparan en cambio en las necesidades afectivas de sus hijos.

Antropóloga recién recibida (lo que le permite fantasear, en el Museo de Historia Natural, «instalaciones» de familias tipo de ese estrato social), Annie es tímida y no tiene trabajo. Gracias a una confusión fonética (dice, en el Central Park, «I'm Annie» y una de esas señoras le entiende «Im a nanny»), obtiene finalmente el empleo que no quiere: niñera en una casa de cónyuges divorciados aunque convivientes (Laura Linney y Paul Giamatti) y pequeño hijo díscolo, Grayer, quien desde luego termina siendo un encanto cuando Annie logra detectar en él ese manojo de carencias emotivas, y suplirlas con sabiduría y afecto. Eso sí, debe ocultarle a su propia madre, quien quería algo superior para ella, el trabajo que consiguió.

Así, a medias entre esa imagen suya de la familia en el Museo y un paraguas volador con el que poetiza, en más de una oportunidad, el recuerdo icónico de su antecesora Mary Poppins, «El diario de la niñera» desarrolla su larga hora y cuarenta y cinco sin definición de género ni de espíritu, tomando de aquí y de allá elementos y recursos típicos, convencionales, más por autoimposición que por real convicción.

Se supone que no puede faltar algo de romance, y allí está el vecino guapetón con el que se encuentra Annie; se supone que tampoco debe estar ausente la observación social, y así hay algunas escenas sobre la condición multiétnica del oficio de niñera en Nueva York, con el infaltable comentario de una afroamericana acerca de que crió muchos chicos ajenos pero descuidó al propio; también, se supone, el marido tiene una relación paralela, e inevitablemente en algún momento intentará manosear a la niñera: nada de eso falta, como tampoco esa pizca de parodia a las reuniones de madres ricas que tienen tristeza, coordinadas por una psicóloga. Lo que falta, ay, es un poco de humor, porque si se intentó filtrar algunas escenas divertidas, no se nota en absoluto. Una curiosidad: la música latinoamericana que comenta algunas escenas, ¿es una referencia al habitual origen de muchas niñeras, a las piezas del museo, a qué?

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