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11 de mayo 2006 - 00:00

El "eros", según tres miradas muy disímiles

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Una imagen de «La mano», el segmento de Wong Kar Wai que se asemeja climáticamente a sus consagradas «Con ánimo de amar» y «2046».
«Eros» (Francia-China-Italia-EEUU, 2005, habl. en ingl. y mandarín). Dir.: Wong Kar Wai, M. Antonioni, S. Soderbergh; Int.: G. Li, C. Chen, A. Arkin, R. Downey jr., E. Keats, C. Buchholz, L. Ranieri, R. Nemni. PROYECCION EN DVD.

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A diez años del film en episodios que hizo con Wim Wenders, «Más allá de las nubes», el hoy nonagenario (y medianamente repuesto de su penosa enfermedad) maestro Michelangelo Antonioni presenta otro nuevo film en episodios, ahora con las autorías claramente separadas y los relatos más extendidos. Suyas son la idea general, la propuesta de producción, y, desgraciadamente, también la historia más floja de las tres que se presentan. No se puede todo en la vida.

Esto no resta mérito a sus muchos aportes anteriores, que culminaron en «Blow up» y «El pasajero». Ni tampoco resta mérito a su idea de erotismo, que ojalá la hubiera tenido antes, cuando cansaba hasta a las ovejas haciendo cuadros de alienación con Monica Vitti siempre vestida e insatisfecha. O quizá la tuvo al empezar su obra (recordemos las escenas de alcoba de Lucía Bosé en «Crónica de un amor»), y le vuelve ahora, de viejo, con una rubia de muy buen ver y muy poco vestir, Luisa Ranieri, a cuyo cuerpo desnudo en la playa le dedica sus buenos minutos de cámara. Del resto del episodio, llamado «El filo peligroso de las cosas», solo interesa ver qué parecido a su padre es Christopher Buchholz.

Tampoco interesa mucho el secreto (ya común en la literatura) que subyace en «Equilibrium», de Steven Soderbergh, cuyo protagonista sufre un sueño recurrente con una mujer digna de ser soñada, Ele Keats, pero la fotografía en blanco y negro es una delicia, y el analista a cargo del problema es el felizmente reaparecido Alan Arkin, que hace un personaje bien gracioso, acaso (lo que parece una ironía) el más gozosamente recordable y pleno de vida de toda la película. Con él se transmite un concepto amplio y sonriente del erotismo, que causa verdadero placer.

Tanatos, en cambio, es la presencia (eso sí, fascinante) que impregna «La mano», parsimonioso, estilizado, triste y sensual relato de Wong Kar Wai, muy en el tono de «Con ánimo de amar» y «2046», sobre un hombre que se hizo sastre solo para vestir a la mujer amada, que era su modo de tocarla, aunque otros la desvistieran. Las manos (empezando por las de ella) son aquí tan expresivas como los ojos al borde de las lágrimas del enamorado que hace Chang Chen, el mismo que, años atrás, cuando muy pocos argentinos los conocían, protagonizó en Buenos Aires otra del mismo autor, «Happy together».

Por cierto, su objeto del deseo en esa ocasión era bastante distinto, y mucho menos atractivo que la excelente Gong Li que acá le toca (y lo toca), en el papel de «acompañante» fina que se va viniendo abajo, casi como una mina de tango, pero sin que el varón le haga el menor reproche a su pasado. Al contrario, la sostiene. Lo que, para las espectadoras, no solo es algo erótico, sino fundamental (los hombres, mientras, seguirán pensando en la rubia de la playa).

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