2 de junio 2005 - 00:00

El Führer, un papel con una larga historia

Afiche de«Der LetzeAkt»(«Elúltimoacto»,1955), deGeorgWilhelmPabst, endonde AlbinSkodainterpretópor primeravez a Hitleren el cinealemán.
Afiche de «Der Letze Akt»(«El último acto», 1955), de Georg Wilhelm Pabst, en donde Albin Skoda interpretó por primera vez a Hitler en el cine alemán.
En cine, y últimamente en miniseries, Adolf Hitler casi siempre es un petiso ridículo y decididamente histérico gesticulando en inglés. A veces le tocaron buenos intérpretes, a veces no. Entre los buenos, mayormente británicos, figuran Alec Guinness («Los últimos días de Hitler», 1973), Frank Finlay («The Death of H.»), y Anthony Hopkins. Igual seguía siendo un histérico hablando en inglés.

Ahora, al fin, especialmente gracias al formidable Bruno Ganz, percibimos también un alma tortuosa y torturada, tomando conciencia hasta dónde puede, que en verdad es muy poco, y hablando en alemán, a veces muy amablemente. Quienes lo objetaron por esto no pueden hablar mal de Ganz, memorable en ese saludo final a los fieles, encorvado, un hombro más alto que el otro, la mirada perdida, pero lo hubieran preferido haciendo el típico Hitler de propaganda, una torpe bestia de colmillos sangrantes. Acaso ignoran que los dictadores son tipos especialmente amables, «compradores», en especial con quienes nunca les llevan la contra. Como decía Atahualpa Yupanqui, «¿es que Facundo Quiroga nunca vio tranquilo un atardecer, nunca acunó dulcemente a un niño entre sus brazos hasta hacerlo dormir?»

La de Ganz es la mejor personificación del Führer, la más ajena a la macchietta. Pero no es, como se dijo, la primera personificación alemana. La primera estuvo a cargo del hoy olvidado Albin Skoda, en «Der Letze Akt», 1955, de Georg Wilhelm Pabst, aquí estrenado en 1956 como «El último acto». Obra interesante, lástima que Skoda era muy bueno pero no daba del todo el personaje, y Pabst no estaba en su mejor momento, y además se le reprochó que se hubiera quedado trabajando en su país todo aquel tiempo, en vez de exiliarse en Hollywood como muchos de sus colegas. Igual sería bueno que ahora reapareciera alguna copia.

Como asesora estaba Traudl Junge, que, desde los 16 años de edad y hasta que cerraron el bunker, había sido nada menos que una de las secretarias personales de Hitler (precisamente, «La caída» transcribe muchas páginas de su posterior libro de memorias «Hasta la hora final», e incluso se cierra con una autocrítica suya, tomada del notable documental «La secretaria de Hitler», que ella accedió a protagonizar pocos meses antes de su muerte).

Otras caracterizaciones destacables: Leonid Mozgovoi («Moloch», con su famosa pregunta «¿Auschwitz? ¿Qué hay ahí?»), Udo Kier («Die Letze Stunde im Fuhrerbunker»), Tobías Moretti («El arquitecto del diablo», sobre Albert Speer), y Heinz Schubert, en el especialísimo «Hitler, un film de Alemania», donde el personaje resucita, pasa factura a cuantos alguna vez se dijeron «gozosos de que en Europa volviese a imperar calma, fortaleza y solemnidad», elogia a «Lenin, de quien tanto aprendí, y cuyo Stalin habría que venerar secretamente», desdeña a Mozart, se declara «el remordimiento de los sistemas democráticos. Perverso, como dicen ahora, poniendo orden en la pocilga de la historia, lo que todos querían secretamente y no osaban», y hasta recita unos párrafos de «El mercader de Venecia»: «Soy una persona con dos ojos y dos orejas, como vosotros. ¿Y no sangro cuando me pincháis?».

Paraná Sendrós

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