Aunque muy
bien hecha,
a «El
príncipe
Caspian» le
falta la
novedad y la
riqueza
simbólica del
primer texto,
pero muestra
buenas
batallas y
habla del
descreimiento
que viene
con la edad.
«El príncipe Caspian» (The Chronicle of Narnia: Prince Caspian, EEUU, 2008, habl. en ingléso dobl. al español). Dir.: A, Adamson. Guión: A. Adamson, Ch. Markus, S. McFeely; Int.: B. Barnes, G. Henley, S. Keynes, A, Popple, S. Castellito.
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"El príncipe Caspian" es el segundo de los siete libros de C.S. Lewis dedicados a Narnia, según el orden de publicación, o el cuarto, según el autor fue ordenando después su propia imaginería. Hoy el lector puede seguir ese orden de publicación, manteniendo ciertos misterios hasta lo último, o, si es muy ansioso y ya mismo quiere saber el origen de todo, saltearse los primeros, empezar por «El sobrino del mago», y a otra cosa.
Así ocurrirá con las películas dentro de unos años, igual que hoy uno puede ordenar la serie de «La guerra de las galaxias» en forma diferente al orden de estreno. El asunto es que alcancen a filmarse las cinco películas narnianas que todavía faltan, porque, la verdad, la que ahora vemos quita un poquito las ganas. Y no porque esté mal hecha, al contrario, sino porque está hecha sin mayor encanto (bueno, algo parecido sucedió en su momento con «El imperio contraataca»). Aparte de ser medio largona, faltan la novedad, la gracia, y hasta la riqueza simbólica del primer texto. Y toma peso, en cambio, una historia bastante previsible de luchas entre el heredero de un reino y su cruel usurpador, asunto en que los protagonistas se ven forzosamente implicados. En efecto, de pronto los cuatro hermanos Pevensie se ven llevados desde el subte londinense a una playa de su amada Narnia. Se alegran, ellos ahí eran auténticos reyes, pero enseguida descubren que ya nada es exactamente como entonces. Todo está en ruinas, embrutecido, quieto, y, peor aún, los humanos se expanden y están destruyendo las criaturas mitológicas del bosque, y hasta el propio bosque. Aún más, los humanos pelean entre sí, con crueldades y traiciones dignas de una obra de Shakespeare. O de la propia historia inglesa, que a eso estaba haciendo lateral referencia el irlandés Lewis cuando el león comenta algo sobre los piratas que invadieron las islas allá en lejanos tiempos fundacionales. Ah, sí, también está el león, pero primero nuestros personajes debentener ganas de verlo. Por ahí va la mano. Con su mezcla de seres mitológicos, guerras medievales, brujerías y antiguas representaciones cristianas, «El príncipe Caspian», además de mostrarnos unas buenas batallas, habla también del descreimiento que viene con la edad, la conveniencia de mostrarnos a Dios, para que éste se muestre a nosotros, y fe que mueve montañas, o, en este caso, árboles. A propósito, Lewis no le copió a Tolkien, como algunos dicen, sino que ambos se inspiraron en unos lejanos cuentos nórdicos. Y Andrew Adamson, el realizador de las dos de « Narnia», tampoco le copia a Peter Jackson, ni mucho menos a los «Harry Potter», sino que toma inspiración en algo mucho más lejano: las cintas de aventuras medievales de los 50, con sus maquetas, su predominio de efectos especiales anteriores a la era digital, y su discreción (que no es inocencia) a la hora de mostrar escenas de sangre. Esos films, esos libros, y esta película que ahora vemos, tienen como primer destinatario a los chicos de 9 a 15 años. Conviene recordarlo.
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