Ricardo Ostuni, «Manchas de tiempo» (Bs.As., Vinciguerra, 2000, 105 págs.) Los versos de Ricardo Ostuni y, con ellos, ese placer de estar triste -como ha sido definida la melancolía-de sus «Manchas de tiempo» traen a la memoria una expresión de Borges a propósito de César Mermet, que cabría parafrasear así: «Ostuni es mucho más que un buen poeta, es un poeta».
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Un poeta genuino y porteño, cuyos versos no rehúyen la dimensión metafísica «en este atardecer agónico y remiso/ hay desesperanzas y desaliento/ en mi andar por sus calles, indeciso/ porque busco mi sombra/ y no la encuentro». Una sombra que, en su camino hacia la luz, irá desvaneciéndose en la medida en que, para citar a Kalfried Graf Durckheim, «el yo profano, cuya felicidad depende de sus condiciones existenciales, tiene que desaparecer para dejar surgir el Sí o al Ser sobrenatural, es decir, el absoluto tomando forma de mundo». Creo que éste es precisamente el momento que viene a señalar «Manchas de tiempo» en el itinerario poético y existencial del autor, tironeado por «un tiempo que es orilla de otro tiempo», y en esa coincidencia insobornable de que «vivir es un sueño/ que cuesta la vida», como escribe Luis Garrospé, a quien cita el autor.
Pero los versos de Ostuni, más que nostálgicos, son transnostálgicos, si vale el neologismo, y no protestan ni rompen con ninguna tradición. En la evolución de una obra que incluye poemarios de la calidad de «Pájaros que mueren en la primera luna», así como un costado ensayístico importante referido al tango, todo tiende, sin embargo, a lo sustantivo más que a lo adjetivo: ésta es su manera, su acento, su «ascesis».
Lo que resulta verdaderamente singular es un escritor nostálgico y sentimental, del que no cabría esperar tal aceptación de la realidad: «No busco las respuestas ni las claves/ soy perplejidad, tránsito, designio.../ changador de mi sed y mi destierro/ voy con mi soledad a todas partes».
Este ir con su soledad a todas partes adquiere, a partir de «Manchas de tiempo», una nueva dimensión -que no se refiere ya al espacio físico, sino también al metafísico-, pero «manchado» de tiempo, de finitud.
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