1 de diciembre 2005 - 00:00
"Emily Rose": entre Perry Mason y Satán
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El exorcista
Tom
Wilkinson y
su abogada
defensora
Laura Linney:
un juicio
donde se
conoce la
identidad de
la víctima
pero no la del
acusado: ¿el
cura o el
demonio?
Ese es, justamente, el conflicto de «El exorcismo de Emily Rose»: el choque de leyes opuestas, la divina y la humana; la imposible intersección entre la razón, sobre la que se basa la justicia, y la fe, que admite como real la posesión diabólica, y legítimas las drásticas prácticas para ahuyentarla. Se trata de un tema mucho más profundo de lo que podría parecer cuando lo trata un film que, pese a su interés, no termina de decidirse entre el propósito de hacer reflexionar al público o simplemente de asustarlo.
Trasladado su escenario, simplificada su historia y encarnada en un único cura, el padre Moore (destacado trabajo de Tom Wilkinson), «El exorcismo de Emily Rose» relata el caso en retrospectiva, a partir de la muerte de la muchacha y el inicio del proceso. Erin Bruner, su defensora (Laura Linney), es una abogada en ascenso, agnóstica, que al principio peleará la causa sólo para añadir un éxito más a su carrera mediática y mayor poder en el estudio donde trabaja. Del otro lado, el Estado elige un fiscal religioso ( Campbell Scott), a fin de evitar que un razonamiento puramente ateo conduzca a interrogatorios hostiles.
Con buen pulso, Derrickson lleva adelante las escenas de un juicio absolutamente atípico, ya que se sabe quién es la víctima pero no quién el acusado: los miembros del jurado, de acuerdo con sus propias conciencias, podrán creer que o bien es el cura, o bien el Demonio. Si no hubiera lugar para la sombra de esa duda, si se cree que la acción del cura fue irresponsable y sólo guiada por la superchería, habría que concluir que los misterios de la religión son, apenas, un ornamento social.
Era muy difícil, y más para una productora «major», trabajar con una historia como ésta eludiendo otra sombra, la que desde hace 30 años proyecta Linda Blair, con sus espasmos, retorcimientos de cabeza y fluidos, sobre cualquier film de exorcistas. Y, de hecho, no se evitó, lo que en cierto sentido es una lástima, pero la boletería manda.
Se puede aceptar, por supuesto, que en las tomas subjetivas de Emily (Jennifer Carpenter) el director no se prive de buscar unos cuantos sobresaltos en la butaca; al fin y al cabo, se supone que esas imágenes son las que está alucinando la posesa. Sin embargo, cuando la abogada defensora también empieza a escuchar, por la noche, algunos ruidos raros en su casa, el olor a azufre impregna en demasía el drama jurídico y religioso.




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