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12 de julio 2007 - 00:00

Emotivo concierto del venerable Badura-Skoda

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A punto de cumplir 80 años, Paul Badura-Skoda es uno de los sobrevivientes de una generación de intérpretes muy recordada por los melómanos porteños de los ’50 y ’60.
Paul Badura-Skoda (piano). Programa Schubert. (Museo Nacional de Arte Decorativo.)

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El concierto extraordinario de Paul Badura-Skoda, organizado por Festivales Musicales de Buenos Aires dentro de su propuesta 2007, «Ciclos e integrales», surgió de un encuentro fortuito del gran pianista vienés y el director artístico de la institución, Mario Videla en Europa el año pasado. En esa oportunidad Badura-Skoda manifestó su deseo de volver a tocar en la Argentina, país que había sido testigo del comienzo de una carrera internacional de éxito, en la década del '50. De ahí a la concreción de este recital ofrecido en el gran salón del Museo de Arte Decorativo sólo hubo los trámites de rigor y la férrea voluntad de de volver del pianista de casi 80 años (nació en Viena, el 6 de octubre de 1927).

Badura-Skoda es uno de los sobrevivientes de esa generación muy recordada por los melómanos porteños de los años '50 y '60.

En este regreso, Badura-Skoda dedicó la totalidad del recital a Franz Schubert (1797-1828). Si bien comenzó con un estudio para «calentarse los dedos», según sus propias palabras, y que sonó bastante precipitado y confuso, fue a partir de allí cuando hilvanando los seis momentos musicales del Op. 94 y más tarde, cuatro Impromptus del Op. 90, se apreció en el pianista una genuina inmersión en los códigos del romanticismo schubertiano. Hoy hay muchos pianistas jóvenes que tocan esas piezas con mayor despliegue técnico y recursos expresivos de nueva data que, quizá, hagan aparecer las performances de Badura-Skoda como un estilo de toque algo envejecido, pero también es cierto que sus ejecuciones se oyen con el placer que provoca el trabajo decantado y de gran nobleza de los pianistas de una generación casi en extinción.

Los estupendos Impromptus N° 2 (Mi bemol mayor) y N° 3 (Sol bemol mayor) y el efervescente momento musical en Fa menor constituyeron lo mejor de un programa que tuvo el mérito de poner al oyente ante uno de los mayores pianistas europeos surgidos en el período de posguerra. Los aplausos, luego del número final, fueron ensordecedores. La simpatía del artista, su peculiar castellano y su arte sólido y añejo los motivaron.

El agradeció con otro momento musical (en Do menor) y un vals, también de Schubert, con las explicaciones del caso en cuanto a ritmo, cadencia, colorido y estilo, algo de lo que Badura-Skoda hizo gala a lo largo de los 90 minutos del concierto.

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