Confirmando que todas sus creaciones, tanto artísticas
como arquitectónicas, son autobiográficas, Clorindo Testa
exhibirá, a partir del 10 de diciembre, obras que repiten los
números y frases que aprendió en primer grado.
"El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente". Estos versos con que Borges finaliza su poema «Todos los ayeres, un sueño», recuerdan que narrar la propia vida es configurarla, es erigir el espacio y el tiempo del yo en el horizonte del espacio y el tiempo de los demás. La autobiografía aparece como una autointerpretación, una versión de sí mismo, como en la muestra de Clorindo Testa en la Galería del Infinito (Quintana 325). El próximo 10 de diciembre, Testa cumple 83 años y presenta obras que repiten los números que aprendió en sus clases de primer grado inferior, que cursó en el Colegio Presidente Roca de Libertad y Tucumán.
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En un tablero pintado de amarillo expone el cuaderno con las primeras páginas del mes de marzo y principios de abril de 1930, -además de las repetidas frases de aquella enseñanza: «mamá me mima», «amo a mamá»-, figuran los números del 1 al 10. Hoy el artista los recupera en obras de 1,00 x 1.50 m. El cuaderno estaba firmado todos los meses por su padre, el médico Juan Andrés Testa, a quien el artista conmemoró en el 100 aniversario de su nacimiento con una muestra que presentó en 1984 en la Galería Jacques Martínez.
Si en el principio fue la palabra hablada, en el fin será la palabra dibujada, que no era una escritura institucional pero daría origen a nuevos sistemas a partir de los últimos tiempos del cuarto milenio anterior a la era cristiana. La escritura (sistematizada) nace en la ciudad y para ella, y, la escritura vence los límites del espacio (físico) y el tiempo (cronológico), límites alzados por la fugacidad y la circunscripción del lenguaje gestual y, más tarde, del lenguaje hablado. La escritura afianza o incluso crea la memoria humana. Desde entonces, toda memoria va hacia la escritura y toda escritura viene desdela memoria.
Este circuito de ida y vuelta se desarrolla en plenitud en las obras del gran arquitecto y pintor. Invierte la senda recorrida: si la palabra devino en dibujo -cada signo de nuestras escrituras de hoy es también un dibujo-, él utiliza el dibujo como palabra; frente al dibujo como escritura, destaca la escritura como dibujo. Nada tiene de particular que un artista y un arquitecto se valgan del dibujo. Pero en Testa, el dibujo es algo más que una escritura creativa: se constituye también en una escritura de la memoria, cuyos resultados como tal, suponen una autobiografía, quizás impensada.
La obra de Testa sugiere afinidades esenciales con ese género que recibiera su nombre hace casi dos siglos. Pero se trata también de «una especie de autobiografía», y, en tal sentido, de una especie inusual, ya que prescinde del signo lingüístico exclusivo del género, para utilizar las imágenes dibujadas o construidas.
Testa es artista en sus esbozos arquitectónicos y arquitecto en sus dibujos como pintor (visión en planta y corte). La imagen de la casa de su abuela y de su padre en Beltiglio, trazada por Clorindo a los cuatro años y medio, en 1928, es la prefiguración de su vivienda en Pinamar, erigida seis décadas más tarde. La ahora jubilosa y clara recova de la Plaza del Pilar (1993), su edificio de la Recoleta, es la transfiguración del melancólico y sombrío muro del antiguo Asilo de Ancianos, que data de finales del XIX y comienzos del XX. El cambio de funciones resultó indispensable para la subsistencia del extenso paredón.
La escritura de la memoria significada en las obras de Testa, se convierte en una memoria de la escritura, según sucede en las autobiografías literarias. Las Confesiones de Rousseau valen no sólo por lo que en ellas refiere el pensador ginebrino sino por la manera en que las vierte. Paul de Man y Philippe Lejeune, entre otros, han concluido acertadamente en que la autobiografía carece de valor referencial absoluto, esto es, que la identidad del autor no es previa a la escritura sino resultado de la escritura.
El pasado constituye el material de base para indagar quién se es. Pero el pasado, personal o histórico, sólo se recupera por medio de la imaginación. La memoria individual supone un tejido de memorias, y el único tiempo del yo, el que le pertenece sólo a él, es el tiempo de la escritura: un presente simultáneo, en el cual confluyen el pasado y el futuro. Testa también recobra el pasado personal e histórico a través de su imaginación, una imaginación fecunda y audaz.
A partir de la serie «Mediciones» (1972), con la que Testa retorna a lo figurativo, la autobiografía del artista y arquitecto deja de ser una dispersión de síntomas para concentrarse en una entidad (cuasi) narrativa. «Estoy riendo», «Estoy llorando», «Estoy despierto», «Estoy dormido», «Estoy vivo», «Estoy muerto», son para Testa «estados de ánimo», con los cuales busca narrar su existencia. Estar y ser, en suma, abarcados en su alianza, de la que es símbolo y recinto la morada del hombre. «Esta es mi casa» -dibujo de un techo modesto, de ramas, sobre el cual se apoyan y al cual sostienen, inclinadas, ocho estacas de madera que descansan en el piso- es también una medición y una medida del hombre, propia del arquitecto y del artista. La imagen común de esa serie era la de un mismo rostro humano visto de perfil. Pero no sólo era un mismo rostro: sus gestos, sus actitudes -la risa y el llanto, la vigilia y el sueño, la vida y la muerte- eran, de alguna manera, similares, como si hubiese diferencias notables entre unos y otras. Como si el hombre fuese igual en cada una de sus manifestaciones. Y lo es, desde la cuna hasta la tumba, «mediado» por su vida y por su casa, por el abierto horizonte del campo y por la cerrada obstinación de la ciudad.
Noel Arnaud resumió en un poema lo que Bachelard supuso en una alegoría: «Soy el espacio en donde estoy». Y el espacio en donde Testa ríe y llora, despierta y duerme, vive y muere, es el espacio del artista y el arquitecto en el tiempo autobiográfico en que se construye a sí mismo y construye para todos los seres humanos. Su arquitectura es exclusiva, difícil de encasillar, a pesar de la diversidad de recursos que utiliza para materializarla.
Desde entonces se puede hablar de series que, en rigor, son capítulos de la autobiografía que viene articulando. Y aun aquellas obras que aporta a las muestras colectivas se insertan en la misma narración, como los «Graffitti españoles» (1986), el «Gliptodonte» (1988), «El Espejito Dorado» (1990), «La fiebre amarilla» (1991) y «Explosión» (1992). Esta modalidad de trabajo, tan cercana a la del arquitecto -quien diseña a partir de un programa-, no hace sino confirmar nuestra teoría acerca del carácter autobiográfico de la obra de este gran creador, relator y relatado.
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