4 de octubre 2007 - 00:00

Estrenaron, al fin, premiado documental

El anciano pintor, uno de los 14 habitantes que quedan en el agónico Aldeaseñor, en elsencillo, pero poético y hábilmente construido documental de Mercedes Alvarez (2003).
El anciano pintor, uno de los 14 habitantes que quedan en el agónico Aldeaseñor, en el sencillo, pero poético y hábilmente construido documental de Mercedes Alvarez (2003).
«El cielo gira» (España, 2003, habl. en español y árabe). Dir.: M. Alvarez. Guión: M. Álvarez, A. Redin. Documental.

Al fin se estrena este delicioso documental español, cargado de gracia, melancolía e inteligencia, que hace ya un par de años se ganó los premios del jurado, la crítica, y el público del Bafici, premios a los que se suman otros cuantos en diversos países, amén del otorgado por el Círculo de Escritores de Cine de España al mejor montaje y mejor artista (en este caso, la artista). La autora es Mercedes Alvarez, una mujer joven, sencilla, y lo que ha hecho fue algo igualmente sencillo, calmo, pero hábilmente construido, con criterio poético y con resonancias que hacen trascender lo que vemos en pantalla.

Lo que vemos, es un pintor que está perdiendo la vista, y el pueblo de su infancia, un lugar de los páramos altos de Soria llamado Aldealseñor, donde, al momento del rodaje, solo quedaban 14 habitantes, todos viejos. Baste decir que ella fue la última criatura que nació en ese pueblo. Después, la emigración. «Mis padres recordaban cuando un día de niebla la familia se fue de la aldea», nos cuenta. Mientras, dos ancianas limpian un palacio abandonado, preguntándose quiénes habrían sido sus dueños. Lo único que saben con certeza es el día en que se fueron los señores, y la historia de una niña que no reía. «Rompían cosas, para ver si se reía».

Hay algo en común entre la documentalista y la niña, pero por suerte la primera también sabe reír con quienes ríen. Son muy sabrosos, entonces, sus registros con las humoradas de los viejos que se ríen de los eclipses, los políticos, y hasta de los malos recuerdos de la Guerra Civil. O la charla entre dos sepultureros. Y antológica, la visita guiada que hace una anciana mostrándonos con su bastón las huellas «bien bonitas de unos dinosaurios de hace millones de años, que estarían ellos solos, solitarios, no había ni casas, ni nada».

Ahí están, también, esparcidas por el campo, las huellas de Numancia, los restos de las luchas entre celtíberos y romanos, los resabios de antiguos esplendores, mientras la radio transmite noticias de la inmediata guerra en Irak, y la estela de aviones a chorro parecen señales en el cielo, anticipo de ciudades que hoy esperan ser enterradas, como lo fueron tantas otras en la historia del mundo. Y están también los constructores de los nuevos, gigantescos, molinos de viento, los comentarios sobre un futuro hotel de cinco estrellas, el auto de propaganda con sus altavoces interrumpiendo la calma pueblerina, y el encuentro de dos marroquíes, que hoy vienen a la conquista pacífica de su lugarcito en el mundo, en la misma zona por donde hace siglos vinieron sus antepasados, a conquistar con armas. Los celtíberos vivieron con el temor de que un día el cielo se desplomaría sobre la tierra. Pero el cielo sigue sin caerse, y aún más: pareciera que para esos viejos es como si girara, con sus estaciones y sus eclipses, igual que pasan cíclicamente las civilizaciones. La tierra de ellos, en cambio, está quieta. Hay rica sustancia en todo esto. Hay belleza, y hasta buen humor. Vale la pena.

P.S.

Dejá tu comentario

Te puede interesar