Harrison Ford
interpreta a un
cerebro
privilegiado
puesto en una
encrucijada por
unos villanos
en un thriller
que pretende
ser serio y
fracasa
rotundamente.
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Cómo un cerebro mágico que vela por mantener alejados a los malhechores puede ser tan inocente -por no decir otra cosa-, es algo que no se explica; el guionista parece haber partido de la base de que este tipo de película corre con la ventaja de tener espectadores más atentos a su balde de pochocho que a lo que sucede en la pantalla, cuando los personajes hablan en lugar de propinarse patadas unos a otros.
Eso no estaría del todo mal si el porcentaje de diálogos -que no tienen mucho sentido común ni resultan verosimíles- superara las balaceras, pero
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