Fernand Leger es uno de los diez artistas más importantes en el mercado de arte internacional. Cerca de 150 de sus obras cambian de mano todos los años con un volumen de ventas en subastas de cerca de 40 millones de dólares anuales (cuatro veces el volumen de ventas de arte argentino en subastas).
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Artista completo y arquitecto frustrado, se dedicó a la pintura y al arte aplicado a través de la escenografia teatral y de ballet, tapices, cerámicas, carteles publicitarios, posters y hasta decoró vidrieras.
Sus esculturas policromadas y sus gigantescas pinturas murales -como la que se encuentra en Nueva York en el edificio de las Naciones Unidas- lo sitúan en un lugar singular del arte moderno.
Nacido en Francia en 1881 (contemporáneo de nuestros Fader y Quirós), sus primeras pinturas son de raíz impresionista. Lamentablemente, sólo unas pocas existen porque el autor se encargó de destruirlas. Se muda a Paris en 1908 y vive en el mismo edificio con Chagall y Archipenko, quienes influirán en su obra, aunque sin duda es Paul Cézanne la guía y el motor de Fernand Leger, Además de estos artistas, también fue amigo de Le Corbusier, con quien colaboró.
Junto con Braque, Picasso y Gris integra el cuarteto de grandes cubistas de la historia. Los críticos destacan especialmente la obra de Leger hasta 1930, y le restan valor a la realizada en la segunda mitad de su vida. No compartimos esa opinión, aunque también es cierto que el mercado busca su obra primera y sin duda escasa.
En sus obras de los últimos años separa el dibujo del color, remarca con negro y pone amplias zonas de color, como hacía entre nosotros Luis Seoane.
Hombre de ideas originales, en 1937, en ocasión de la exposición internacional de Paris, convocó a trescientos mil desocupados de la ciudad para blanquear las paredes, con lo que se transformó en un precursor del happening. Cuando muere, en 1955, por su expreso pedido, su coche fúnebre estaba decorado con flores de su jardín.
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