El director de
la Orquesta
Filarmónica
de Varsovia,
Antoni Wit,
tuvo que dar
explicaciones
sobre la
demora en la
iniciación de
un concierto
con pasajes
discutibles y
otros de gran
lucimiento.
Orquesta Filarmónica de Varsovia. Dir.: A. Wit. Solista: Mei-Ting Sun. Obras de Lutoslawski, Tchaikovsky y Brahms. (Teatro Coliseo, 9/11.)
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La Fundación Cultural Coliseum cerró la temporada de Nuova Harmonia de este año con la actuación de la Orquesta Filarmónica de Varsovia. Con este concierto se cumplió con una programación de diez sesiones que aportaron algunos de los mejores momentos de la actividad musical de Buenos Aires de esta temporada.
El concierto de la Filarmónica de Varsovia comenzó una hora más tarde de lo anunciado por demoras en la llegada de los instrumentos, que venían de San Pablo. El propio Antoni Wit, director de la prestigiosa orquesta polaca, debió explicar -en perfecto castellano- que, entre otras cosas, no tenía su batuta porque había quedado en un baúl que no llegó. La labor de los filarmónicos comenzó con la «Pequeña Suite», de Witold Lutoslawski, una deliciosa concatenación de cuatro danzas polacas, que recuerdan en su lenguaje a las piezas de Béla Bartok, y que la orquesta interpretó luciendo las distintas familias de instrumentos.
En la primera parte también se oyó una peculiar versión del Concierto N° 1 para piano y orquesta, Op. 23, de Tchaikovsky con la actuación como solista del pianista chino Mei-Ting Sun. Con una buena técnica pianistica el artista tocó los pasajes lentos ralentando demasiado los «tempi», en forma casi exagerada, pero se recuperó en los momentos de bravura, digitando con una preparación virtuosistica de primera línea.
La orquesta acompañó bien pero sin demasiado carácter el trabajo del pianista.
Tampoco resultó muy ortodoxa la realización de la Sinfonía N°1, en Do menor, Op. 68 de Johannes Brahms ofrecida en la parte final del concierto. Antoni Wit marcó tempi arbitrarios y una sonoridad poco brahmsiana.
Mejor se oyó a la orquesta y a su director general y artístico en el bis, con la obertura de «Guillermo Tell» de Rossini, que tuvo calidez y crescendos de mucha pujanza, clásicos del estilo rossiniano. Los aplausos no se hicieron esperar, pero aun así, esa fue la única pieza fuera de programa ofrecida al público.
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