Gárgano, camino a la categoría de maestro

Espectáculos

La reciente muestra de Germán Gárgano L(1953), en la Galería Palatina -Arroyo 821-, ha puesto en evidencia el cumplimiento del profético juicio de Carlos Gorriarena para quien Gárgano era uno de los grandes pintores argentinos. La expresión de su propuesta ha ido madurando y enriqueciéndose en una larga trayectoria de casi tres décadas.

Desde su tiempo en la cárcel por razones políticas, cuando en 1981 inició su vínculo por correspondencia con Gorriarena, con quien luego continuó su formación y estudió hasta 1984. Un maestro al que le importaba la relación entre el soporte y la materia, y la fusión de ambos manteniendo lo que cada uno aportaba. La lectura de las obras de Gárgano no puede prescindir de la textura, ni de la pincelada, ni de la imagen.

El ritmo de una fuerte vitalidad, la pasión y la angustia son rasgos distintivos de sus telas. De la exacerbación de la línea, del color, resulta el carácter barroco de sus obras y su carga retórica devuelve vitalidad al instinto, como ya lo hicieran los expresionistas. «La matriz caótica de la pintura de Gárgano suma intensidad profundidad, inestabilidad, en un desequilibrio difícil de conseguir, en un desborde excedido por la pasión pictórica», escribió el crítico Fabián Lebenglik en el prólogo a la muestra.

En 1985, Gárgano realizó un seminario-taller con Luis Felipe Noé, tan apasionado como reflexivo autor de la Antiestética, en 1965, que ha sostenido «Mi tema es el caos», proclamando siempre la insoslayable necesidad de asumirlo. Esta huella también está presente en Gárgano, que derriba límites por medio de la vibración de la línea, la mancha y el color. Su pintura es figurativa, aunque siempre en el límite, convocando la mirada del espectador. Esa mirada que se detiene y encuentra la significación.

Así como el escritor teje con las palabras, para Gárgano el pintor construye una trama con líneas y colores con la intención de movilizar al espectador y desviarlo de la mirada que sólo busca lo narrativo. Canaliza un fluir de imágenes en telas que tienen una gran carga emotiva y una pasión que implica también un evidente patetismo.

Su pintura emerge de múltiples centros: «Parto de distintos lugares, no sólo de imágenes que veo, sino que incluso pueden ser textos que me las evocan, poéticos por ejemplo, pero también de fotos y muchas veces de películas, que entonces procedo a grabar y obtener tal o cual escena como documento», ha señalado. Las imágenes se transforman en una conjunción que registra como conocedor del cine y deviene en la obra.

En la plural y fragmentaria combinación de figuras ha incorporado citas de películas, pasajes de la literatura o de la historia del arte. En Cine, una tela-pantalla, de 2.00 metros por 2.50 metros, realiza superposiciones, ensamblajes, asociaciones de imágenes del cine y de la pintura, en las que presenta la memoria de nuestro siglo, a la manera de Jean-Luc Godard en su Histoire(s) du Cinema.

Y cita en este óleo y carbonilla una frase sobre lo barroco de Eugenio D'Ors: «El caos está siempre como centinela alerta en las bodegas de la mansión del Cosmos». Otras imágenes remiten a «Los pájaros», de Hitchcock, «La regla del juego» de Jean Renoir, «Intolerancia» de Griffith o, en el caso de pintores, los demonios de las Tentaciones de Grünewald. «Quizás haya sido Pasolini el primero que me abrió imágenes para la pintura. De sus textos literarios y políticos, y su cine, como Saló y su Pasión según San Mateo han sido influencias bien directas y aún lo son», reconoció Gárgano.

La representación no es para él lo fundamental. Gárgano defiende la especificidad de la pintura que para él se vincula con el aspecto físico. La mímesis para él es imposible: «Nunca se podrá llegar atrapar lo inatrapable», ha sostenido. No comparte la fascinación por la ficción producto lo «bien hecho» porque esa actitud elude la relación profunda con la obra, la mirada que moviliza al espectador.

«Cuando nos acercamos y escudriñamos una tela, nos encontramos con nada, en definitiva con que la mirada no persigue otra cosa que la mirada. La imagen bella, sublime o siniestra, no es otra cosa que un descanso, un escalón necesario ante el abismo en el que indefectiblemente estamos», señaló en una entrevista con Liliana Heer.

Ese es el abismo que Gárgano encuentra en la obra del artista noruego Edward Munch, en cuyo Grito habría un grito mudo. Se trataría de un agujero infinito encerrado en la boca pero que se expande en la pintura, como la repetición de las ondas en un lago en el que se arrojó una piedra, como las ondas de un eco sin límites. Gárgano obtuvo en 1991 la Beca Pollock-Krassner de Nueva York, y también ha sido reconocido con premios como el Primer Premio en el Salón Municipal Manuel Belgrano de Pintura (1986), y el Tercer Premio del Salón Nacional de Artes Plásticas (2002).

Desde fines de los ochenta ha presentado sus obras en numerosas exposiciones, entre otras, «Arte por artistas» (1990), Museo de Arte Moderno; «La otra cara», artistas argentinos y alemanes en Kassel (1993); «Arte, Desaparición y Memoria» (1999) y «Arte y Cultura del siglo XX» (2000), en el Centro Cultural Recoleta; en la Galería CDS de Nueva York y en los Premios Aerolíneas.

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