En efecto. Después de unas peñas de gitanería mediterránea, cuya principal actividad pareciera la de hacer palmas, bailar, cantar, abrir botellas e ir de putas, o que ellas suban a lucirse en el tablao (porque las únicas personas que se ven trabajando son unas viejas que limpian las mesas, cosechan aceitunas a palos, y limpian graffitis), después de todo eso, casi a la mitad de la película, empieza realmente a concretarse la historia.
Hay un momento, cuando el protagonista está durmiendo la mona. Al despabilarse, advierte un rayo de luz, una muñequita, un óvalo de virgen, una telaraña, y algo medio en árabe.
Afuera, un graffiti que lo amenaza directamente. El hombre se enfrenta al viejo rencor de otros. Su hermano ha causado una muerte y está prófugo, pero él debe seguir adelante, y dar la cara. Y es ahí, cuando puede agarrarse de esos pocos datos, que el espectador se despabila y advierte lo que se venía perdiendo: simplemente, un drama mostrado (más que narrado) desde la exaltación, la angustia contenida, y el embotamiento del alcohol y el dolor.
Dejá tu comentario