Jack Nicholson y Leonardo DiCaprio, desconfiándose recíprocamente en «Los infiltrados
de Martin Scorsese.
«Los infiltrados» («The Departed», EE.UU., 2006; habl. en inglés). Dir.: M. Scorsese. Int.: L. DiCaprio, M. Damon, J. Nicholson, M. Wahlberg, M. Sheen, R. Winstone, V. Farmiga y otros.
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La decisión de Martin Scorsese de volver a llevar a la pantalla el extraordinario policial hongkonés «Infernal affairs» (2002, de Wai Keung Lau y Siu Fai Mak) poco tiene que ver con una de las más habituales prácticas de Hollywood, la de «americanizar» éxitos extranjeros para adaptarlos al consumo local.
Si bien «Los infiltrados» puede disfrutarla cualquiera que no haya visto su film inspirador (fue editado en la Argentina en DVD y, aunque con alguna dificultad, aún puede conseguirse), la experiencia de comparar ambas versiones excede el simple placer «cinéfilo»: lo que ha hecho Scorsese es convertir al catolicismo un policial budista. «Los infiltrados», cuyo título-original es «Los difuntos» («The Departed»), narra, tal como su modelo, una historia cruzada de dobles agentes.
Colin Sullivan (Matt Damon), quien de chico fue un protegido del capomafia Frank Costello (Jack Nicholson) y por quien siente, en principio, una lealtad incondicional, se enrola en la policía con el único fin de trabajar como su informante. Contrariamente Billy Costigan (Leonardo DiCaprio), un marginado violento, de complicado cuadro familiar, trata de ingresar en la institución para darle un cierto orden a su vida, pero allí sólo le ofrecen una única chance: trabajar como agente encubierto; Costigan lo acepta, y no tarda en infiltrarse en el «grupo de tareas» de Costello para reportar a su superior, el jefe de los «undercovers» Queenan (Martin Sheen). A partir de allí, bajo la superficie de un argumento clásicamente policial, la película pone en escena un apasionante juego de descubrimientos e intuiciones, donde son mucho menos importantes las pericias de policías y mafiosos por determinar quiénes son los infiltrados en sus bandos, como la desesperada búsqueda recíproca entre ellos mismos: ni Sullivan ni Costigan conocen sus respectivos rostros, pero se persiguen como el bien y el mal para borrarse, y borrar sobre todo la posibilidad de asemejarse ( hasta llegan a compartir una mismamujer). «¿Cuál es la diferencia entre un policía y un delincuente?», se pregunta en un momento Nicholson. «Cuando un arma te está encañonando, ninguna».
Aunque los personajes de ambas versiones coincidan en su mayor parte, y las peripecias sean más o menos las mismas, los motivos de los protagonistas, las cosas que los llevan a actuar como actúan, son radicalmente distintos. Si en «Infernal affairs» el problema central era la identidad, en «Los infiltrados» es la redención y la condena. En la versión Scorsese sólo sobreviven algunas frases, como cuando Nicholson pregunta a DiCaprio: «¿Tú quieres ser yo?», pero lo fundamental está en otro lado: es un policial donde la figura del traidor adquiere la mayor dimensión dramática. En la versión asiática los antagonistas se miden en igualdad de categoría ética, pero en «Los infiltrados» la pugna se produce entre un «ángel» y una «rata», entre San Jorge y Judas. Scorsese nunca ha ocultado demasiado el catolicismo implícito de su cine, pero ésta es, indudablemente, su película más confesional.
También, como es lógico, hay diferencia de sabores: lo que en «Infernal affairs» era precisión de movimientos casi matemática, aun en las escenas de violencia, en «Los infiltrados» se convierte en desborde sanguinolento, símbolos cristianos (como la inalcanzable cúpula de una iglesia que reaparece una y otra vez), matanzas shakespearianas y ópera italiana; ni siquiera parece importar que esta vez Scorsese haya ambientado la historia entre mafiosos irlandeses de Boston, ya que el capomafia se apellida Costello, y hasta en su celular lleva el ringtone del sexteto de «Lucia di Lamermoor».
Para los gustadores de «homenajes»: finalmente, Scorsese se dio el gusto de recrear casi literalmente una de sus escenas favoritas en el cine, la de Alida Valli abandonando el cementerio al final de «El tercer hombre», pasando junto a Joseph Cotten sin hablarle.
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