10 de agosto 2005 - 00:00
Griffith superó a Lumière y Méliès: inventó el cine
Ensayista y crítico de cine, con una experiencia docente de largos años, Angel Faretta publicará su primera obra teórica el mes próximo, «El concepto del cine», en la editorial Djaen, inaugurando la colección Cinesophia. La aparición de este volumen, en un medio hoy tan huérfano de pensamiento conceptual serio sobre este arte (contrariamente a la proliferación de escuelas de realización) tiene en consecuencia doble importancia. La salida del libro, además, coincidirá con la publicación del primer volumen de relatos del autor, que editará Sudamericana. A continuación, un fragmento del libro:
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Angel Faretta realiza una distinción teórica
entre «cinematógrafo» y «cine» en su ensayo
«El concepto del cine» (Foto: Silvina Bertone).
Griffith tiene como tarea fundamental la de desviar o separarse del modelo fotográficoteatral heredado de la ya acuñada modernidad, tarea que fue impensable para el tándem constituido por Lumière y Méliès, quienes (a pesar de aquellos que aún intentan diferenciarlos desde un punto de vista teñido de eurocentrismo nostálgico) prosiguieron con la tarea de la continuidad fotográfico-teatral, preocupándose tan sólo en « polemizar» instrumentalmente con el modo de realidad o verosímil con el cual trabajarían.
Al fuera de campo le sigue la creación del principio de simetría. Con ello Griffith contribuye a incrementar el reemplazo de la ilusión fotográficoteatral con una suerte de segunda continuidad a la ya conquistada con el fuera de campo. El principio de simetría es el de repetición de un elemento formal, icónico, gráfico o dialogístico que al reaparecer se torna diferente, no perdiendo de todas formas su condición anterior.
Con ello Griffith consigue, por un lado, reforzar su separación y alejamiento del ilusionismo fotográfico-teatral y, por el otro, y sin solución de continuidad, restaurar y aún religar al cine con el plano del operar simbólico. Con el principio de simetría, Griffith decide de una vez y para siempre la adscripción del cine al campo de lo simbólico, pero con el plus de poderlo por primera vez -después de varios siglos- graficar en su diferencia operante con respecto a la alegoría, que queda caracterizada a partir de entonces como un defecto esencial de la imaginación.
Por último Griffith acuña el eje vertical. Este eje es el de la irrupción o de la reaparición de lo trágico, o de lo «otro». Es aquél que muestra otra cosa que la historia y el tiempo y que cruza a éste -precisamente- oponiéndole el devenir. A partir de allí sólo en el obrar de los autores de films se encuentra el eje vertical. Así, el cine crea no sólo su especificidad como forma, sino también como entendimiento, ya que Griffith no se limita a crear el cine, sino que también crea al espectador de cine.
La invención del cine coincide con la época en la cual reaflora el problema del mito, tanto en la investigación erudita como en aquella llamada de «campo», aquí con ribetes más cercanos a las prácticas ya canonizadasde la modernidad. Desde los terrenos de la poesía, la ciencia o la antropología, inclusive la teología, el mito como problema, tema e incluso como palabra, es vuelto a poner en circulación.
El cine tomó partido de inmediato por operar en esa recuperación del mito; típica, por otro lado, de cierta mentalidad contemporánea que insatisfecha, agobiada y cercada por la camisa de fuerza, por la cadena de la razón ya vuelta nihilismo, recurrió al mito y a lo mítico como un elemento de amparo, cobijo y cura a sus diversas situacionesimaginarias o a sus diferentes idearios.
El cine nace con Griffith al separarse, conscientemente, de la pretensión de eternidad, desviando a la técnica y a lo técnico de sus propósitos y fines mediante el recurso a lo mítico. Como este recurso mítico es «relato», «historia», «ficción», en el primer nivel de su operar Griffith funda el cine como mythos.
El cinematógrafo es, y sigue siendo, toda toma de algo anterior que se quiere preservar para una eternidad museística. El cinematógrafo como falso cine, como cine «al revés», recae inevitablemente en la alegoría; porque lo alegórico es siempre una forma falsa del representar.




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