8 de septiembre 2005 - 00:00

"Iluminados por el fuego"

Gastón Paulsen «Iluminadospor el fuego»:el guión(dondecolaboróMiguelBonasso) pasapor alto lareligiosidad yla valentía demuchosmilitares, quesí están en ellibro original.
Gastón Pauls en «Iluminados por el fuego»: el guión (donde colaboró Miguel Bonasso) pasa por alto la religiosidad y la valentía de muchos militares, que sí están en el libro original.
«Iluminados por el fuego» (Id., Argentina-España, 2005, habl. en español). Dir.: T. Bauer. Guión: M. Bonasso & T. Bauer, E. Esteban & G. Romero Borri, inspirado en las memorias de E. Esteban. Int.: G. Pauls, V. Innocenti, P. Ribba, C. Albarracín, V. H. Carrizo, A. Bonin, J. Leyrado, M. Chaparro, T. Lestingui.

Sus buenos años le dedicó Tristan Bauer a esta producción, la más grande que se ha hecho en torno a la Guerra de Malvinas. En diciembre pasado, en el festival de cine de Pinamar, adelantó al periodismo unos pocos minutos de la obra. Pocos, pero impactantes: los soldaditos batiéndose en retirada bajo el fuego enemigo, la angustia de buscar a un compañero herido, la llegada a Puerto Argentino, la extraña visión de una kelper vestida de negro, llevando a sus hijitos de la mano, y a contramano de la corriente de muchachitos asustados y agotados, vestidos de verde, casi fantasmales unos para otros, y al mismo tiempo tan concretos.

Y luego las rápidas tomas de la enfermería, cámara en mano, afiebrantes. Y el descanso junto a un baldío, donde alguien encuentra una pelota y enseguida arman un picadito, ponen los cascos como arcos, vuelven a ser chicos.

Bauer
, el ex combatiente Edgardo Esteban, en cuyas memorias se inspira la película, y Gastón Pauls, que lo representa, contaron entonces la emoción, y hasta la conmoción, que les causó reproducir varias escenas, y, sobre todo, filmar algunas de ellas en las propias Malvinas. Allí también estaba Virginia Innocenti, que juega el papel de esposa de un ex combatiente que, años más tarde, quiere suicidarse. Hoy el número de veteranos que se han suicidado ya casi supera al número de los caídos en las islas. No es ajena al hecho, la sensación de sacrificio inútil que muchos sienten por un país de «compatriotas» desagradecidos, aprovechadores y falsos.

Ahora se estrena la película completa. Aquel anticipo representaba apenas el final de la batalla de Monte Longdon, ya en pleno día. Pero esa batalla había comenzado en medio de la noche. Impresiona ver su escenificación, con la cámara deslizándose desde un caballo agonizando junto a unos cuerpos amontonados, que no sabemos si es de gente viva o muerta, cámara que más tarde se alza en una panorámica permitiendo ver toda la extensión del campo, con los grupos que se desplazan en medio de la confusión, los zumbidos constantes de las balas, que pasan como fuegos artificiales mal orientados, y los gritos desgarradores de los heridos y los acobardados, totalmente iluminados por las bengalas del enemigo y los disparos de sus propias armas. Esa gente tenía, como promedio, 19 años de edad.

La reproducción es exacta, dicen muchos veteranos, que también ponderan varias otras escenas de fuerte nerviosismo, sobre todo para los argentinos, cualquiera sea su edad y posición ante la guerra y el servicio militar obligatorio que había entonces. Es de destacar el esfuerzo de Bauer, su gente, y sus productores (la Universidad Nacional de San Martín, el Incaa, la Provincia de San Luis, el Canal Plus de España) y también, entre otros apoyos, el premio Signis Cine en Construcción, otorgado hace un año precisamente para ayudar en la postproducción de efectos visuales y de sonido. Las de batallas son escenas muy costosas y trabajosas. Pero necesarias, para que el público pueda hacerse una idea del horror.

Doble mérito, entonces, el de esta nueva película. Recuérdese además nuestra falta de tradición en el género bélico. Hasta ahora, como momentos de gran despliegue histórico, solo podían mencionarse las breves panorámicas de «Su mejor alumno» y «Argentino hasta la muerte» (ambas sobre la Guerra de la Triple Alianza), y el humo y los fogonazos también breves de «Los chicos de la guerra», una película valiente, hecha sin ningún apoyo y casi sin ningún dinero.

Pero caben reproches. Lo ineludiblemente reprochable, y que también lamentaron los veteranos consultados, es la ausencia, en el film, de tres elementos que también figuran en el libro de
Edgardo Esteban: el cargo de conciencia del soldado que se salvó respecto a sus compañeros que cayeron, y la religiosidad y valentía de muchos militares.

Así como
Esteban denuncia el maltrato, la incapacidad, y la pequeñez moral de unos cuantos, también menciona varias veces el ejemplar comportamiento de algunos militares de carrera, como su superior, el entonces teniente coronel Carlos Alberto Quevedo, y el arrojo entusiasta de por lo menos un soldado, y habla bastante del sentimiento de religiosidad que empezó a sentir en esas circunstancias.

Dedica incluso casi una página, llena de cariño y agradecimiento, para el rosario de plástico celeste que entregaban entonces en el Ejército, y que él pidió expresamente y aún conservaba en el momento de publicar el libro.
La adaptación ha olvidado ese aspecto, aunque un plástico, aunque sea uno, bien pudo haberse incorporado sin mayor gasto al vestuario.

Lo otro, en cambio, se ve como una negación deliberada, acaso coincidente con la militancia antimilitarista de, por lo menos, uno de los adaptadores,
Miguel Bonasso, hoy miembro sin cartera del actual gobierno nacional. Así es como la canción final termina mezclando los tantos, de un modo comprensible, pero mezquino. Para equilibrar dicha mirada, conviene atender el muy buen documental de Julio Cardoso «Locos de la bandera», producido por la Comisión Permanente de Familiares de Caídos en Malvinas, con esa preciosa frase, que dice el hijo de un piloto argentino muerto en combate, «Uno es como los recuerdos que elige conservar».

Y para equilibrar ambas miradas, otro documental, «No tan nuestras», de Ramiro Longo, relato de un ex combatiente de esa misma batalla, aportando en sus recuerdos ese humorismo (ése sí, tan nuestro) que permite sobrevivir riéndonos de nuestras propias desgracias. Como bien dicen, «otra no queda».

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