En “El fantasma de Canterville”, Oscar Wilde relató la historia de una antigua mansión inglesa habitada por un espectro que, durante siglos, había aterrorizado a sus moradores, y aun asesinado a algunos de ellos. Sin embargo, cuando una familia estadounidense compra la propiedad, no sólo no le teme sino que lo ridiculiza y pretende espantarlo con quitamanchas y otros artilugios domésticos. Wilde retrataba de esa forma el choque entre dos mundos, el de la nobleza europea en decadencia, y el del pragmatismo vulgar del nuevo rico americano.
Algo semejante ocurre con “Jugada maestra” (“How To Make a Killing”), de John Patton Ford, insostenible remake de “Los ocho sentenciados” (“Kind Hearts and Coronets”, 1949), de Robert Hamer. Como ocurría con el fantasma de Wilde, el delicado mecanismo de relojería del original inglés es sometido a una actualización que no lo revitaliza sino que lo corrompe. Junto con “El quinteto de la muerte”, “Los ocho sentenciados” fue uno de los clásicos de los estudios Ealing de Londres, que funcionaron hasta 1955. ¿Era necesario echarle quitamanchas?
El primer problema, y acaso el más insalvable, es la imposibilidad de adaptar aquel relato a la Nueva York contemporánea sin caer en lo forzado e inverosímil. La Inglaterra que del film original no era un mero decorado sino una estructura social rígida, jerárquica, en la que la noción de linaje, apellido y título, tiene un peso determinante. Trasladar ese conflicto al presente neoyorquino, donde la aristocracia heráldica carece de sentido real, implica despojar al relato de su motor interno. Lo que era una sátira inserta en un sistema nobiliario, aquí se convierte en un mecanismo sin anclaje.
En “Los ocho sentenciados”, el conflicto se iniciaba cuando Louis D’Ascoyne Mazzini, interpretado por Dennis Price, era despojado de su derecho a la nobleza porque su madre había cometido la “afrenta” de casarse con un tenor italiano pobre. La humillación social y la necesidad de restaurar el honor materno impulsaban a Louis a eliminar, uno tras otro, a los ocho parientes que lo separaban del título. Había una lógica interna que convertía cada asesinato en la pieza una sinfonía macabra. Cada nota estaba en su lugar.
En “Jugada maestra”, en cambio, ese andamiaje se desmorona. Beckett Redfellow (Glen Powell), no es reconocido por su abuelo (Ed Harris) debido a que su madre se ha casado con un músico, también italiano —una motivación que, en el contexto actual, resulta casi absurda— y decide entonces, a la muerte de sus padres, abrirse camino hacia la fortuna familiar eliminando a siete parientes que lo anteceden en la herencia (al menos nos ahorra uno). Pero Beckett ya no es aquel refinado vengador, ese Conde de Montecristo que habla y se comporta como un personaje de Bernard Shaw, o del mismo Wilde, sino un inverosímil serial killer. La reducción de ocho a siete víctimas parece casi un gesto involuntario de pudor frente a lo reiterativo del procedimiento.
Pero donde la película de John Patton Ford acusa una pérdida más dolorosa es en el tono. La comedia inglesa era una auténtica pieza de orfebrería de humor negro, sostenida por diálogos de una precisión y una malicia exquisitas. El espectador asistía a los crímenes con la fascinación cómplice de una inteligencia que nunca subrayaba el chiste.
Aquí, en cambio, ese delicado equilibrio desaparece: la comedia es sustituida por un híbrido indeciso entre el drama y el thriller cínico, más cercano a ciertos productos seriales que a la tradición del humor británico. Las muertes se suceden con la previsibilidad episódica de una miniserie de Netflix.
Imposible no mencionar, en este sentido, el tour de force irrepetible de Alec Guinness, quien en el film de Hamer interpretaba a los ocho miembros de la familia D’Ascoyne, incluyendo a una anciana aristócrata que encontraba su fin en un globo aerostático, derribado por un flechazo de Louis. Aquella proeza actoral no era un mero alarde técnico, sino que reforzaba la idea de una clase social autorreferencial, casi endogámica, que se reproducía a sí misma en distintas máscaras. La nueva versión, privada de ese recurso, opta por una dispersión de personajes que diluye el efecto y trivializa las muertes.
Algo similar ocurre con los personajes femeninos. En el original, Sibella y Edith, interpretadas por Joan Greenwood y Valerie Hobson respectivamente, encarnaban dos polos complementarios: el chantaje oportunista y la virtud idealizada, ambos atravesados por una ironía que impedía cualquier lectura ingenua. En la versión actual, Julia (Margaret Qualley) y Ruth (Jessica Henwick) intentan reproducir ese esquema, pero el resultado es mecánico. El intento de volver verosímil lo que en el original funcionaba como estilización deliberada termina por apagar su encanto.
Incluso en la estructura narrativa se percibe esta ansiedad por actualizar a cualquier costo. Mientras que en “Los ocho sentenciados” la intervención de Scotland Yard llegaba como una coda magistral al final del relato, aquí se introduce desde temprano la persecución del FBI, como si la película desconfiara de su propio material y necesitara inyectarle la tensión del policial moderno. El resultado es un subrayado innecesario que rompe el ritmo y elimina la deliciosa sensación de impunidad que envolvía al protagonista original.
En definitiva, “Jugada maestra” no fracasa por falta de oficio —hay en John Patton Ford destellos de competencia— sino por un error de concepción: creer que un mecanismo narrativo profundamente arraigado en una cultura y en una tradición puede ser trasplantado a otro contexto radicalmente distinto. Como la familia estadounidense de Wilde, el film intenta domesticar un fantasma que no comprende. Pero en el proceso no lo vuelve más moderno ni más accesible: simplemente lo exorciza, y con él, todo aquello que hacía del original una obra maestra.
“Jugada maestra” (“How To Make a Killing”, EE.UU., 2026). Dir.: John Patton Ford. Int.: Glen Powell, Ed Harris, Margaret Qualley, Jessica Henwick.
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