16 de noviembre 2005 - 00:00

La desesperación encuentra su isla

Michel Houellebecq, «La posibilidad de una isla». (Bs. As., Alfaguara, 2005, 439 págs.)

Houellevecq, se ha dicho, ha venido a ocupar en la tradición francesa el lugar del «escritor de ideas». Algunos lo ven como el sucesor, nunca el heredero, de lo que en los años '50 y '60 fueron Malraux, Sartre y Camus. A la paupérrima literatura francesa de las últimas décadas le estaban faltando autores que supieran «sorprender». Lo ha logrado en unos pocos casos, con Catherine Millet, mujer destacada en el mundo de las artes que se dedicó a detallar sus innumerables aventuras sexuales, y fundamentalmente con Michel Houellebecq, que se ha convertido en «el profeta de la desesperación contemporánea», en «el escritor que habla de los temas de hoy». Esto ha hecho que el escritor sea el más traducido de su país, y su pase de la editorial Flammarion a la editorial Fayard por un millón y medio de euros sea comparada al de un jugador de fútbol.

Si en su primera novela, «Ampliación del campo de batalla», trato de problemas económicos y problemas sexuales; en la segunda, «Las partículas elementales», señaló las trágicas consecuencias de la « liberación» promovida por la juventud de los años '60; en la tercera, «Plataforma», en medio de un tratado sobre turismo sexual consideró imposible el encuentro entre Occidente y el Islam; en «La posibilidad de una isla», su nueva novela, profetiza el apocalipsis y, a la vez, el surgimiento de la inmortalidad a través de la clonación.

Daniel I, protagonista de la historia, descubre su « vocación de bufón» y se convierte en un cómico. Gracias a sus monólogos cínicos y provocadores se vuelve millonario. Se casa con Isabelle, una periodista que dirige una revista para «lolitas», que en realidad leen sus madres deseosas de copiar a sus hijas. Cuando el matrimonio naufraga, Daniel I encuentra el amor en Esther, una joven que actúa en películas porno. La historia de Daniel I es revisada, en forma alternada, dos mil años después, por sus clones Daniel 24 y Daniel 25. Esta historia de ciencia ficción, que no deja de ser entretenida, permite a Houellebecq deleitarse con sus habituales relatos sexuales, lanzar sarcasmos sobre la sociedad actual, filosofar sobre la existencia mezclando a Schopenhauer con Michel Onfray, para luego de haber mostrado que «amor y libertad son términos antonómicos» encontrar en él «la posibilidad de una isla».

M.S.

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