14 de febrero 2001 - 00:00

"La escribí, dirigí y manejé la cámara"

Agustina Carri
Agustina Carri
Mañana se estrena «No quiero volver a casa», ópera prima de Albertina Carri, joven ya fogueada en la pequeña industria local que se suma a la impactante lista de mujeres que hacen cine hoy en el país. Charlamos con ella.

Albertina Carri: Tenía 19 años cuando conocí al director de fotografía Félix Monti, que me invitó a trabajar de meritoria en la coproducción «Un muro de silencio», luego en «De eso no se habla» y «Una sombra ya pronto serás». Ahí descubrí el mundo de la cámara, que me fascinó. Además, con el «Chango» Monti nunca parás de aprender. Es un hombre muy tímido, pero muy generoso. Con gran sencillez, te está enseñando y regalando sus conocimientos todo el tiempo. Otros en cambio... Después, participé en miles de películas, como quince, y mucha publicidad. A diferencia de tantos, que empiezan en peliculitas como la mía y recién después van a las grandes, yo empecé con Lita Stantic, María Luisa Bemberg, Héctor Olivera, Edie Calcagno, y sólo más tarde pasé a estar en obras de bajo presupuesto, por ejemplo, de Martín Rejtman y Daniel Burman. Pero el resultado es el mismo. La diferencia está en los kilos de luz, la plata y el tiempo disponible: a veces sólo los fines de semana.

Periodista: Hablemos de su película.


A.C.:
Empezó como un corto, «Niños», donde un chico se cruza, sin saberlo, con el joven que va a matar a su padre. No bien terminé de filmarlo, quise ampliar la historia. Así nació «Secuencias», que presenté en 1999 como una segunda versión del corto y, finalmente, «No quiero volver a casa», un largo de apenas 74 minutos, que ya es un estudio sobre personajes fisurados, que no se conmueven ni por el nacimiento de un nieto o un sobrino, o están todo el tiempo pensando de manera errónea, o hacen un esfuerzo por el otro, pero desde el lugar equivocado. Mantuve, eso sí, aquella escena y los actores del corto original, y me ocupé yo misma de la cámara. Bueno, a fin de cuentas era mi película.

P.: Ya pasó por varios festivales. ¿Cómo la trató el público?


A.C.:
Es que a veces una proyección a sala llena no depende tanto de la película, como del propio festival. En Viena, me presentaron dentro del espacio Nuevas Narrativas y, entonces, el público ya venía preparado. En Montreal, estuve en una sección de 50 películas latinoamericanas, y la gente iba con otra idea. En Londres, bueno, no sé si a los ingleses no les gusta charlar... Lo entiendo, es una película bastante dura.

P.: ¿Es cierto que la hizo con plata de una herencia?


A.C.:
Fue así. Pude comprarme una casa, hacer un viaje, pero justo había terminado el guión y quería hacer la película. Igual no era mucho. Lo completé con un premio de la Fundación Hubert Balls, un crédito del INCAA para la posproducción y un adelanto de reintegro, con el que artistas y técnicos podrán cobrar lo suyo. En total, 500.000 pesos, deudas incluidas. Ojalá recupere algo. Las cartas están echadas.

P.: Usted estuvo con el presidente De la Rúa, ¿verdad?


A.C.:
Ah, sí, una vez que convocó a varios cineastas para felicitarnos por representar al país en los festivales. Recuerdo que la invitación era al mediodía, así que fuimos con la expectativa de un pequeño cóctel, unos sandwichitos. El dijo su discurso, esas cosas políticas, lo escuchamos...

P.: ¿Y los convidó con algo?

A.C.: Un café.

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