Además de presentar a los integrantes de esta familia como tres fantoches sometidos al juicio del público, la puesta subraya la ruptura entre ficción y realidad propuesta por el autor. Por momentos se infiltra algo parecido a la perversa intimidad de los reality show o a esa patética euforia de los programas de entretenimientos: chistes malos, confidencias fuera de lugar y risas grabadas que ponen de relieve la banalidad e intrascendencia de la sociedad actual.
Todo esto está ligado a la idea de simulacro y ficción teatral que pone en juego la madre. Ella, en principio, teoriza y hasta se burla del teatro moderno buscando la complicidad del público. Pero sobre el final termina deplorando su presencia, ya que le impide quedarse a solas con su nuevo amante. Curiosamente, éste aparece en escena como un supuesto espectador (excelente trabajo de
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