12 de marzo 2008 - 00:00
"La imaginación es más limitada que la realidad"
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Ottaviano: «Los casos que estudio son aquellos en que la Justicia ya ha determinado circunstancias y culpabilidades. Exploro aquello que a la Justicia no le interesa y que tiene que ver más con el porqué de un crimen».
C.O.: Me pregunté ¿por qué matan los que matan? ¿por qué estas personas que llevan está vida común, en apariencia normal, un día terminan asesinando a un familiar? En la crónica de los diarios no se cuenta con el tiempo suficiente como para hacer la búsqueda de alguna respuesta a esos interrogantes. Reconozco que para poder avanzar en ese territorio tuve que dejar muchos prejuicios de lado. Hice una selección de casos que me habían intrigado y me aboqué a hacer un libro con aquellos que tuvieran sentencia firme. Es decir, que cuando la justicia ya había determinado circunstancias y culpabilidades, me propuse explorar aquello que a la justicia no le interesa y que tiene que ver más con el por qué.
P.: ¿Por eso se escapa del aspecto meramente investigativo, periodístico, documental para ir hacia el relato literario?
C.O.: Nunca dejo de lado una base periodística. He tenido la oportunidad de entrevistar a algunos de los sentenciados. Hay un capítulo, por ejemplo, que está contado en primera persona porque Sergio Mac Harg, cuando lo fui a entrevistar, fue tan detallista que me llevó a ese modo de relato. Me impresionó que fuera tan minucioso con el antes y el después del crimen, y fuera una persona que no llegaba al metro setenta, mas bien pequeño frente a los crímenes que había cometido.
P.: ¿A quiénes mató?
C.O.: Apuñaló a su tía y la degolló. Y porque había llegado después, al estudio contable del crimen, a una empleada de la tía. Pero queriendo matar a su padre, que fue lo que me contó en las entrevista. El padre de Sergio no podía creer que su hijo hubiera matado porque siempre le había dicho que era un inútil total, incapaz de hacer nada. El relato en primera persona me permitió hacer un viaje hacia la mente de un asesino. En mi libro anterior, «Secretos de alcobas presidenciales», si bien siempre tuve la tendencia a tratar de contar la historia de la mejor manera posible, estuve bastante más separada como autora de aquello que contaba. En «Crímenes en familia» me animé a complementar la información judicial con mis puntos de vista, con los puntos de vista de un autor, con la percepción de aspectos psicológicos. Eso, a su vez, impulsa a la búsqueda literaria. Soy desde siempre una voraz lectora del género policial. Ya contando con cierta madurez en el abordaje de las historias policiales desde la realidad me permití trabajar lo narrativo. Es por esto que cada capítulo de «Crímenes de familia» es en su forma un homenaje a algunas de las clásicas fórmulas del género policial.
P.: ¿Por ejemplo?
C.O.: El caso de los hermanos Da Bouza, que es el primero que se cuenta, esta contado desde la víctima. Se trata de aquellos muchachos que en 1998 mataron a balazos a su padre. El de Sergio Mac Harg es un monólogo al estilo de «Memorias de Adriano». El caso de la hermanas Vázquez está contado desde la investigación policial. El de los hermanos de Córdoba entra en el policial clásico británico en el que se habla de una carta que no se revela al principio, y recién sobre el final se juntan todas las piezas del rompecabezas y se puede saber qué pasó. En uno de los capítulos yo estoy involucrada desde el comienzo, voy a la cárcel a ver a una asesina, la veo aparecer, hablo con ella.
P.: ¿Ha sentido al escribir la ineludible influencia de Hunter Thompson y Truman Capote, que fundieron periodismo y literatura?
C.O.: Intenté hacer una síntesis de esos dos extraordinarios polos. Mientras escribía, leí «Féretros tallados a mano» de Truman Capote una y otra vez. Como si con ese rito uno pudiera impregnarse del talento de Capote, algo que difícilmente ocurra. Fue mi manera de tener presente la estructura dramática, punto de partida desde uno debe lanzarse a la hora de escribir. Lo que a mí me interesa del Nuevo Periodismo es la libertad para narrar, pero me parece que hay un exceso en el protagonismo de los periodistas. Yo intento hacer esta búsqueda una vez que tengo la información que creo suficiente. Para mí la realidad es mucho más rica que la imaginación. Creo que la imaginación está limitada por la inventitiva del autor. La realidad ofrece incalculables matices. Pero es cierto, lo casos que relato no pueden encontrarse ni en las crónicas de los diarios ni en los expedientes judiciales, está eso que me impulsó a tarea de conocer las motivaciones que llevan al crimen, y que después me llevan a buscar el mejor modo de narrar lo que he comprendido, poner la voz en su justo punto, ni por encima ni por debajo de la historia, de modo que el lector se siente interesado. En el fondo soy cazadora de historias.
P.: ¿Y cuál fue la que más la atrapó?
C.O.: La de los parricidas hermanos Da Bouza porque tengo la misma edad que ellos y vivía en el mismo barrio que ellos. Ambos éramos chicos universitarios de clase media. La idea de que podíamos transitar por la misma calles, ir a los mismo lugares a comer o para salir me conmovió profundamente la posibilidad de habérmelos podido cruzar y no poder deslumbrar que iban a cometer un crimen con premeditación y alevosía.
P.: ¿Llegó a comprender los motivos de los crimenes en familia?
C.O.: Empecé el libro con una tesis que al final cambie completamente, yo pensé que todos somos capaces de matar y quería saber cuanta distancia había entre el que nunca había pensado en matar a un familiar, entre el que se fascinaba con la posibilidad de asesinar a otro -la fase «te voy a matar» es demasiado habitual dicha en lenguaje simbólico- y el que lo ejecutaba realmente. Ahora me doy cuenta de que hay un abismo.
Entrevista de Máximo Soto



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