23 de agosto 2007 - 00:00

"La pasión de Beethoven"

Diane Kruger (Anne) y Ed Harris (Ludwig van Beethoven) en el poco apasionado film deAgniezka Holland.
Diane Kruger (Anne) y Ed Harris (Ludwig van Beethoven) en el poco apasionado film de Agniezka Holland.
«La pasión de Beethoven» («Copying Beethoven», EE.UU.-Alemania-Hungría, 2006; habl. en inglés). Dir.: A. Holland. Int.: D. Kruger, E. Harris, M. Goode, M. Gibbs, R. Riach.

Beethoven no está teniendo mucha suerte en el cine. Si «Amada inmortal» (1994) abusó de sus sentimientos y le postuló una improbable paternidad (según aquel film, el adorado sobrino del músico, Karl van, era en realidad su hijo), «La pasión de Beethoven» le asigna en los últimos años de su vida una bella, joven e imaginaria copista, aspirante a compositora, sólo para que el torturado genio la humille, la vapulee y, naturalmente, termine queriéndola... pero sin excesos.

Lejos de cualquier pasión, la relación entre el Beethoven de Ed Harris (que esta vez no encuentra al personaje, y parece seguir haciendo de Jackson Pollock con peluca) y su admiradora copista Anna Holtz (Diane Kruger) es fría, áspera y platónica, al punto tal de que no se termina de entender muy bien para qué fue inventada por los guionistas. Beethoven es un cascarrabias malhumorado y prepotente, que después de mostrarle el trasero a Anna le enrostra su presunta vulgaridad en gustos musicales al preguntarle: «¿Cuál es la composición mía que prefieres? ¡Ya sé, no me digas nada! Seguro que la que más te gusta es 'Claro de luna'».

Esta escena es muy impresionante por dos razones: en primer lugar, porque da por sentado que el compositor ya consideraba demasiado «vulgar» su Sonata 14, opus 27, nro. 2, pese a que por entonces faltaban muchos años para que fuera abusada por las telenovelas y la publicidad; la segunda razón es más llamativa: que el propio Beethoven llame «Claro de Luna» a esa sonata, aunque tal denominación se le empezó a dar varios años después de su muerte.

Interesa distinguir, en cambio, las gaffes como ésta de las licencias deliberadas: lo mejor, por lejos, de esta película de Agniezka Holland es la extensa escena en la que Beethoven estrena su Novena Sinfonía, ya completamente sordo, y Anne, oculta, le va marcando los tiempos como una amorosa apuntadora. Si todo el film tuviera la temperatura emocional de este momento, muy distinto sería el resultado.

La sordera, además, es otro escollo en el que se atora el film, dando por tierra con toda verosimilitud. Como si Beethoven, según las necesidades dramáticas de cada escena, tuviera más o menos problemas para entender, o como si alzándole un poco la voz (aunque no siempre) su interlocutor tuviera éxito. Como aquel viejo chiste: «ahora oye, ahora no oye».

El personaje de Anna tiene algunos pocos aspectos interesantes, más allá de aquella escena de la Novena. El guión le otorga además un novio arquitecto, casi vanguardista, cuyo único fin parecería ser el de darle otra oportunidad más a Beethoven para que demuestre lo intemperante que era. También tiene aquí su papelito el famoso sobrino Karl van, miserabilizado como ordena la tradición (hace más de 20 años, Paul Morrisey dirigió un bizarro film sobre este oscuro personaje, llamado «Le neveu de Beethoven», que nunca se estrenó en el país). Y no hay demasiado más.

El genio de Bonn continúa sin tener demasiada fortuna en el cine, salvo que -por la fuerza del tiempo más que de la adaptación- se pueda ver aquella romántica versión de Abel Gance (1936), donde el beethoveniano y legendario Harry Baur, actor asesinado por la Gestapo, simulaba con gestos más inocentes, menos neuróticos, la fuerza de su pasión.

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