1 de septiembre 2005 - 00:00

"La sal de la vida" no llena, pero agrada

Aun con suestética decinepublicitario ysus variosclichés, el filmgriego «La salde la vida»tieneelementosatractivos quela hacenllevadera y, pormomentos,francamentesimpática.
Aun con su estética de cine publicitario y sus varios clichés, el film griego «La sal de la vida» tiene elementos atractivos que la hacen llevadera y, por momentos, francamente simpática.
«La sal de la vida» (Politiki Kouzina, 2003, Grecia, habl. en griego, turco e inglés). Guión y dir.: T. Boulmetis. Int.: G. Correface, M. Osse, O. Papaspiliopoulos, T. Bandis, I. Michaelidis.

Tiene varios elementos atractivos, esta historia romántica de una vocación gastronómica y unas frustraciones recordadas con melancólica dulzura, sobre todo la lejana deportación, la separación familiar, y la noviecita de infancia que se casó con otro. Todo esto, teniendo como fondo el conflicto greco-turco de hace medio siglo a propósito de la isla de Chipre. Conflicto que hoy el mundo olvidó (¿quién recuerda hoy a Monseñor Makarios?), pero que causaron bastante estrago, y dejaron heridas.

«Las viejas heridas son tramposas. Tienen vida propia»,
dice alguien, cuando ya el abuelo del protagonista está internado. A la película, en cambio, le cuesta tener vida propia.

Arrastra una ambientación de cine publicitario demasiado elaborado, algunos clichés pintoresquistas, una poesía medio forzada, y estira innecesariamente el relato, que por suerte igual se hace llevadero, y francamente simpático, en las partes de infancia, cuando el niño que paulatinamente veremos crecer deja Estambul, se instala en Atenas, entra en los boy-scouts y, con ese uniforme, se consagra cocinando en un burdel, muy querido por la madama y las pupilas (igual no se ve nada, ésta es una película familiar). Caben a su favor los paisajes de Estambul, el elogio de las palabras que contienen a otras (gastrónomo, a astrónomo, lo que sirve para que el abuelo brinde una linda lección sobre los planetas con los elementos de su despensa, pero hay más, mucho más interesantes), el elogio de las especias (principalmente sal, pimienta y canela), y los ojos de la novia, cuando a los postres reaparece, ya separada.

A modo de resumen, si se permite la asociación, podría decirse que, tal como la comida de aquellos lares, la mesa que este film nos ofrece ostenta un despliegue de abundantes platos, pero ninguno luce como llenador, ni se brinda en proporciones abundantes, en el sentido que nosotros acostumbramos. En la sazón, parece haber más canela y colores que sal y pimienta. Y los postres ofrecidos son medio secos, pero por un lado mejor, para no empalagarnos. Faltarían, eso sí, el café y los licores (¿pero qué se puede esperar, si el mayor sponsor que vemos en cada escena de comidas familiares es una gaseosa americana?).

P.S.

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