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8 de octubre 2026 - 14:10

"La vida es así": una oferta imposible de aceptar

Riccardo Milani recupera el espíritu de las viejas comedias de Frank Capra para contar la historia de un pastor que se enfrenta a los poderosos. El resultado tiene encanto, aunque se excede en sentimentalismo.

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Virginia Raffaele, la hija del viejo pastor en "La vida es así", de Riccardo Milani.

Para el viejo pastor sardo Efisio Mulas hay ofertas no sólo posibles de rechazar sino moralmente imposibles de aceptar. Si “La vida es así” (“La vita va così”), de Riccardo Milani, no estuviera inspirada en un hecho real, la historia resultaría difícil de creer. ¿Quién, en el mundo de hoy, se negaría a aceptar doce millones de euros y una propiedad nueva a cambio de una vieja casucha frente al mar? No es fácil aceptar que ciertos principios no se confundan con una terquedad irritante. Sin embargo, según las crónicas periodísticas, existió un hombre así.

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Se llamaba Ovidio Marras y era un pastor de Cerdeña que se negó durante años a vender la casa heredada de sus antepasados a una sociedad inmobiliaria respaldada por los grupos Benetton, Toti y Caltagirone. La empresa proyectaba construir un gigantesco complejo turístico en Capo Malfatano, una zona de extraordinaria belleza natural. Marras rechazó una y otra vez las ofertas y terminó enfrentándose judicialmente con los poderosos empresarios cuando las obras alteraron el antiguo camino de acceso a su propiedad. El conflicto adquirió dimensión política y ambiental: mientras Marras litigaba por sus derechos, la organización Italia Nostra impugnó las autorizaciones del proyecto y obtuvo fallos favorables. La sociedad inmobiliaria quebró en 2018 y Marras murió en enero de 2024, a los 93 años, en Teulada, donde se había instalado con su familia.

Milani traslada la historia a fines de 1999 y convierte a Marras en Efisio Mulas (Giuseppe Ignazio Loi), un anciano que vive con sus vacas en una modesta propiedad frente al mar. Una poderosa corporación inmobiliaria con sede en la rica Milán, presidida por Giacomo Greatti (Diego Abatantuono), pretende construir allí un complejo turístico de lujo. Para hacerlo, comienza a comprar los terrenos de la zona, salvo el de Efisio, que se niega a vender.

Su hija Francesca (Virginia Raffaele), al principio, intenta hacerlo entrar en razones, aunque más tarde se pone decididamente de su lado (sus dos chistes sobre el “2001” de Kubrick son de lo mejor del guión). Son ellos dos contra el mundo, en especial los habitantes del pueblo, muchos de ellos desocupados, que esperan encontrar trabajo en el futuro resort cinco estrellas. También se opone a la decisión del padre Gianni (Jacopo Cullin), hermano de Francesca, que sobrevive con su familia en las afueras de Londres y a quien ese dinero le cambiaría la vida. Greatti envía entonces a Mariano (Aldo Baglio), su hombre de confianza, para convencer al pastor, pero de nada sirve. Tampoco la insistencia, y luego la furia, del resto del paese, cuyos habitantes, uno tras otro, incluyendo al obispo, le ruegan a Efisio que acepte.

El film es una comedia amable, de narración fluida y personajes bien definidos, sostenida por un elenco que sabe moverse entre el humor y la emoción (una emoción algo buscada y excesiva, quizás). La historia, más allá del recurrente tópico del conflicto entre el norte y el sur, expone una intriga válida que termina agotándose pronto a fuerza de reiteración: el anciano de fábula contra unos empresarios inmobiliarios que, en la vida real, no suelen tener los sentimientos que el guión a veces les adjudica. La contradicción funciona, pero termina subordinándose a una distribución demasiado simplona de virtudes y defectos.

La simplificación alcanza especialmente al personaje de Abatantuono. Greatti es el empresario acostumbrado a imponer su voluntad mediante el dinero, convencido de que cualquier resistencia puede vencerse aumentando la oferta. Sin embargo, a medida que avanza la película, el guión suaviza su carácter hasta atribuirle una sensibilidad y una disposición a reconocer sus errores difícilmente compatibles con el comportamiento del presidente de una corporación.

La transformación responde a las necesidades conciliadoras del relato, pero carece de un desarrollo dramático que la vuelva convincente. Algo parecido ocurre con Mariano, cuya evolución hacia la solidaridad con Efisio tiene bastante de conversión sentimental programada (como cuando en una escena descubre viejos tesoros familiares: dibujos infantiles, fotos de playa, la tapa del triunfo del Cagliari).

En esa inclinación al relato edificante se reconoce el espíritu de Frank Capra, especialmente el de “El secreto de vivir” y “Vive como quieras”, con sus personajes modestos enfrentados a los poderosos y su confianza en que la integridad individual puede imponerse a los intereses económicos. Desde luego, sin la misma poesía de Capra.

También son evidentes los parentescos con otras películas. “Un tipo genial” (“Local Hero”, 1983), de Bill Forsyth, presentaba un conflicto casi idéntico: una compañía petrolera dispuesta a comprar un pueblo de la costa escocesa encontraba una resistencia inesperada en un anciano que se negaba a vender su playa. En “Gran Torino” (2008), Clint Eastwood interpretaba a otro viejo obstinado, aferrado a su casa, y el film de animación “Up” (2009), de Pixar, ofrecía una imagen todavía más cercana a la de Efisio: un anciano cuya pequeña vivienda permanece en pie mientras las construcciones avanzan a su alrededor. Y en “Milagro en la calle 8” (“Batteries Not Included”, 1987), de Matthew Robbins, con la producción Spielberg, la solución era sobrenatural: un grupo de vecinos resistía las presiones de una empresa inmobiliaria que pretendía desalojarlos y demoler su edificio, hasta que unos extraterrestres acudían en su ayuda.

Milani se inscribe en esa tradición de comedias populares que prefieren la claridad moral a las contradicciones de la vida real. El problema es que la historia de Ovidio Marras ya contenía, por sí misma, suficientes elementos para una película menos complaciente.

Virginia Raffaele y Aldo Baglio aportan buena parte de la eficacia cómica, mientras que el veterano Diego Abatantuono interpreta con su habitual solvencia al poderoso empresario inmobiliario de corazón sensible. Pero la mayor sorpresa es Giuseppe Ignazio Loi, un pastor sardo de 84 años que debuta como actor y cuya naturalidad aporta a la película una autenticidad que supera la de su guión.

“La vida es así” (“La vita va così”). Italia, 2025. Dir.: Riccardo Milani. Int.: Giuseppe Ignazio Loi, Virginia Raffaele, Diego Abatantuono, Aldo Baglio.

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