«Las tortugas
también vuelan»
es un
impactante
relato sobre los
eternos
desconocidos de
cualquier guerra
(en el caso, la
de Irak), pleno
de situaciones
tragicómicas y
lejos de todo
discurso
conocido.
«Las tortugas también vuelan» (Lakposhtia ham parvaz mikonand, Irán-Francia, 2004, habl. en kurdo. Guión y dir.: B. Ghobadi. Int.: S. Ebrahim, A. Latif, A.R. Karim, A. Zibari, H. Feyssal.
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Al fin se estrena esta formidable comedia dramática, o más bien este impresionante esperpento con toques de sainete y melodrama apabullante que en 2004 se llevó el premio mayor de San Sebastián por unanimidad (siendo presidente del jurado Mario Vargas Llosa), y en 2005 la Academia de Hollywood se negó a candidatear al Oscar, de puro espanto. Porque, entre otros méritos, tiene unas cuantas situaciones donde el público se ríe, pero de espanto.
El protagonista de su historia es un muchachito buscavidas de unos 13 años, que conduce a otros chicos en la limpieza de campos minados (tras lo cual también vende las minas), pone antenas parabólicas en las aldeas kurdas, negocia el alquiler de armas en un mercado abierto, y, entre otras cosas, «traduce» noticieros de la CNN en vísperas de la invasión norteamericana a Irak.
Todos saben que se viene una guerra. Quizá la televisión les diga qué día, y qué pasará con ellos. O quizá pueda decírselos otro chico, un flaquito triste, sin brazos, que a veces tiene visiones. Y que desactiva las minas con los dientes, y pelea a cabezazos con quien moleste a su pequeña familia.
El flaquito tiene una hermana hermosa, y un sobrinito de tres años, casi ciego pero alegre y lleno de vida. El problema es que ella está obsesionada con matarse y matar al niño, porque es fruto de una violación, cometida por los mismos soldados de Hussein que mataron a sus padres.
Claro, en cualquier otra película el muchachito buscavidas conseguiría alegrarla y enamorarla, brindándole una segunda oportunidad. Este trata, pero el «american way of life» con que él sueña todavía no le llegó. En cambio, hasta que entren los norteamericanos, aparecen otros cuantos sucesos, a cual más impresionante, la mayoría tragicómicos.
De eso, y otras cosas similares, trata «Las tortugas también vuelan». Es admirable el modo en que el director kurdo-iraní Bahman Ghobadi cuenta esta historia, su habilidad para el manejo de tonos extremos, las moralejas que ofrece, la vitalidad que revela en medio del horror, y el trabajo que hizo con niños de campos de refugiados, varios de ellos lisiados, y ninguno con experiencia actoral.
Vale la pena ver esta obra, que impacta y sorprende de continuo, que hubiera fascinado a don Francisco de Goya, y que además difiere de los discursos de cualquier sector conocido, para mostrarnos la verdad de los eternos desconocidos de cualquier guerra.
Unica observación: el título no termina de explicarse en la pantalla, aunque por ahí hay unas tortuguitas en un balde. «Animalitos que tienen su propio ritmo, su coraza, y acaso también sus propios sueños, igual que los chicos», explicó el director en San Sebastián, confesando al final que en última instancia buscó un título raro y ganchero, como el de su primer film, llamado «Temporada de caballos borrachos»; ese sí fue candidato al Oscar, pero acaso porque era sencillamente una comedia graciosa.
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