Agatha Christie. Por la primera edición de “El misterioso caso de Styles” hoy se pagan cifras muy altas.
Si un día vuelven la normalidad y los viajes a tierras lejanas, no se prive el lector de conocer el hotel Pera Palace, de Estambul. No para alojarse, porque es demasiado caro, sino para visitar la habitación 411. Allí escribió Agatha Christie su “Crimen en el Oriente Express”. Otros turistas visitan lugares menos glamorosos: Torqay, donde nació, el Old Swan Hotel de Harrogate, donde se ocultó de su primer marido, y, entre otros, Wallingford, donde vivió rica y tranquila con el segundo, un arqueólogo que era 14 años más joven. Con típico humor inglés, ella aconsejaba “Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará”.
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The Bodley Head, una pequeña editorial, fue la que se animó a publicarle su primera novela de detectives, que es también la primera donde aparece el luego famoso investigador belga Hercule Poirot, “El misterioso caso de Styles”, en 1920, y de cuya primera edición se cumplen 100 años. También aparece allí su fiel asesor, el doctor Hastings. Cinco años había estado ella buscando un editor. Y seis más pasó hasta consagrarse con “El asesinato de Roger Ackroyd”. A partir de ahí, el resto fue soplar y hacer botellas, mejor dicho novelas, cuentos y obras de teatro durante medio siglo. Y su nieto, Matthew Pritchard, todavía sigue facturando. De hecho, Planeta reedita este año varios títulos de su colección Christie, empezando por “El misterioso caso de Styles”.
El mismo Pritchard explica las razones de esa permanencia: “Lo que yo creo, la verdadera razón de su éxito mantenido es que, a diferencia de otros libros, los de mi abuela son cortos. No es una tontería, porque significa que se pueden leer en un viaje. Y no quieren ser educativos. Solo son pequeñas obras de entretenimiento impecablemente construidas”. Quizá tenga razón. Borges amaba esos entretenimientos. Y también la deliciosa forma con que Christie describía un modo de vida típicamente inglés, que ya entonces empezaba a tener el encanto de la nostalgia. Ese es, precisamente, el mundo de miss Marple, una solterona de pueblo chico, detective aficionada, sin dudas uno de los personajes más queribles de doña Christie, y acaso su alter ego más evidente. Escritora y personaje parecen confundirse en este recuerdo de su nieto: “Además de una típica señora inglesa, era una abuelita encantadora y amorosa. Siempre le gustaron mucho los crucigramas y los misterios, y disfrutaba muchísimo mirando a la gente, analizando sus modos de comportarse y de relacionarse con los otros. Nadie sabrá nunca qué fue lo que empujó a esa típica lady a dedicarse a algo tan siniestro como los asesinatos y otros delitos graves. Quizá fue la guerra”.
Pero hay algo más, que la acerca a las nuevas generaciones: “También fue una mujer muy avanzada que se desarrolló profesionalmente, que tuvo su propia carrera y que trabajó duro en su campo laboral. Hoy damos por sentado que hombres y mujeres son iguales, pero en su época no era así. En ese sentido fue una mujer en la vanguardia”. Nacida Agatha Mary Clarissa Miller, huérfana de un agente de Bolsa, enfermera voluntaria durante la guerra, esposa de un aviador que a los dos días de casarse tuvo que ir al frente, y a los 12 años de casados le confesó que amaba a otra, a cierta altura de su vida ella se quedó con el apellido del marido, Christie, y con su propia cuenta bancaria, más sólida que la del adúltero. Después vino la mantenida alegría del matrimonio con el arqueólogo Max Mallowan.
Detalle curioso, junto a las obras que la hicieron tan famosa, ella también escribió su autobiografía, seis novelitas románticas con el seudónimo de Mary Westmacott, y, como Agatha Christie Mallowan, una linda reseña de sus andanzas por Siria, Irak e Iran junto al arqueólogo, “Ven y dime cómo vives”, y un libro infantil de poesías y cuentos navideños, “Una estrella sobre Belén”.
Para el record, su obra de teatro “La ratonera” se mantuvo más de 30 años en cartel en Londres, y más de 20 en Mar del Plata (la dirigía Francisco Rinaldi). Para los aficionados al cine y la televisión, hay más de 160 adaptaciones inglesas, norteamericanas, rusas, japonesas, francesas, hindúes, de sus obras. A destacar, en primer término, “Testigo de cargo”, de Billy Wilder, con Charles Laughton y Marlene Dietrich, 1957, y “Asesinato en el Orient Express”, de Sidney Lumet, con Albert Finney a la cabeza de un elenco impresionante, 1976. La última aparición pública de Agatha Christie fue, precisamente, en el estreno de esa película en el Royal Theatre de Londres. Luego, hay decenas de obras deliciosas, con Sylvia Sidney, Hayley Mills, Margareth Rutheford, Angela Landsbury, Peter Ustinov, Kenneth Branagh y otros buenos. Pero lo mejor siguen siendo los libros.
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