Dos hombres murieron el domingo en el Royal Cornwall Hospital, un edificio como el Clínicas, con la misma función docente pero ubicado en Cornualles, que es una esquina casi perdida del mapa de Inglaterra, el Landsend, el “fin del mundo”. Uno de esos hombres, David John Moore Cornwell, 89 años, nacido en un pueblo costero igualmente perdido, fue cuando joven un funcionario público de menor jerarquía. Tuvo más suerte en la actividad privada y ahora vivía retirado en las afueras de otro pueblo costero, tranquilo y apartado.
Muchos de sus vecinos recién ayer supieron que el viejo Cornwell y el otro hombre que murió el domingo eran la misma persona. Que se trataba de un escritor de novelas de espionaje, de fama internacional, y que aquella función pública fue la de miembro activo del British Secret Service, en los tempranos años ’60, justo cuando el Imperio sintió resquebrajar su seguridad frente a los escándalos del caso Profumo, Christine Keeler, de profesión escort, y el agente doble Kim Philby, cuyas cenizas hoy reposan en un cementerio moscovita cerca de la tumba de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky.
Pensando precisamente en seres como Philby, y en los agentes mismos, con sus cuotas parejas de humanidad e indiferencia, Le Carré asentó su fama como novelista.
Pero antes, cuando su nombre aún era Cornwell, cuando aún estaban frescos sus recuerdos de adolescente en Suiza, donde casi inocentemente empezó a practicar el espionaje (“en Berna hice mis primeros pininos en la Inteligencia británica, informando no sé muy bien qué a no sé muy bien quién”, escribió en su autobiografía), había publicado una primera novelita. Y luego otra. Pero como seguía de servicio, lo obligaron a usar seudónimo: John Le Carré.
La tercera, “El espía que vino del frío”, historia de una venganza que se enreda en las mentiras de la Guerra Fría, fue su primer éxito internacional, potenciada por una muy buena película con Richard Burton. El protagonista era el espía Alec Leamas, aunque como secundario aparecía el que más tarde sería su personaje más famoso, que no es ningún superhéroe, sino un hombre como casi cualquier otro: el agente George Smiley. A Smiley lo han encarnado James Mason (“Llamada para un muerto”), Sir Alec Guinnes (famosas miniseries “El Topo” y “Smiley’s People”), Denholm Elliot (“Asesinato de calidad”) y Gary Oldman (otra versión de “El Topo”). Tan asociados estaban autor y personaje, que el homenaje que le rindieron en 2017 en el Royal Festival Hall se anunciaba como “An Evening whith George Smiley”.
Hay otro personaje, quizás más cercano al joven Cornwell: el ascendente Magnus Pym de “A Perfect Spy”, que tuvo como maestro a un padre estafador, y luego vive rodeado de incertezas en un mundo turbio, donde cada día debe aprender a manejarse. Y también hay, en los libros de Le Carré, y lástima que no sea solo en los libros, criaturas idealistas o simplemente inocentes, captadas por los servicios secretos para ayudar en alguna misión, y abandonadas después a su suerte, o injustamente castigadas. Aparecen en “La chica del tambor”, “El sastre de Panamá”, “La casa Rusia” “El infiltrado” y “Un traidor como nosotros”. No son los únicos. Más desvalidos aún, el viudo que trata de llegar a los poderosos de la industria farmacéutica que causaron la muerte de su esposa en “El jardinero fiel”, y el infeliz musulmán convertido en chivo expiatorio por la CIA en “El hombre más buscado”, uno de sus libros más amargos, y también más atrapantes. Y no son ficciones, sus libros sobre un militar suizo que traicionó a su país, o sobre la reciente política exterior norteamericana. Ni tampoco, cabe suponer, son ficciones las que cuenta en su extraordinaria autobiografía “Volar en círculos. Historias de mi vida” (2016).
Le Carré fue el hombre que no sólo puso a la literatura de espionaje en un podio que no estaba destinado para ella, sino que practicó y reflexionó sobre la naturaleza de la ficción con una lucidez que no tuvieron todos esos críticos que miraban desde arriba ese “género menor”, y que jamás habían vendido, como él, más de 60 millones de libros. Le Carré sabía que la mentira es la esencia de la ficción literaria: pero la mentira, por sí sola, no se sostiene; necesita alternar con alguna verdad. Y saber hacerlo, dominar esa sintaxis de jugador de ajedrez en la que muchas veces va la vida, es la tarea del buen novelista y del buen espía. “Un buen escritor no es experto en nada salvo en sí mismo. Y sobre ese tema, si es sabio, cierra la boca”, escribió en su autobiografía, como impecable definición de la tarea del escritor y del espía.
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