7 de noviembre 2007 - 00:00

"Literatura es invitar a los muertos a tomar café"

Amos Oz: «Cada vez que estoy totalmente de acuerdo conmigomismo, escribo un artículo y le digo al gobierno quevaya al infierno. Cuando empiezo a dudar de lo que pienso,escribo una novela».
Amos Oz: «Cada vez que estoy totalmente de acuerdo conmigo mismo, escribo un artículo y le digo al gobierno que vaya al infierno. Cuando empiezo a dudar de lo que pienso, escribo una novela».
Jerusalén - Amos Oz (Amos Klausner) acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por su contribución a «hacer de la lengua hebrea un brillante instrumento para el arte literario» así como su «defensa de la paz» y la denuncia «de todas las expresiones del fanatismo».

Nacido en Jerusalén en 1939, Oz comenzó su andadura literaria en los 60, mientras vivía en el kibutz de Huda, en el que se instaló tras independizarse de su padre siendo un adolescente y de donde no se movería durante más de 30 años. En esa década ya publicó obras capitales como «Donde aúllan los chacales» (1965) o «Mi querido Mijael» (1968). Desde entonces ha desplegado una actividad incesante jalonada por otras obras como «La colina del mal consejo» (1976), «No digas noche» (1994) o «Una pantera en el sotano» (1995), a las que habría que añadir «Una historia de amor y oscuridad» (2003), biografía que es considerado como obra emblemática, libros de ensayos como «Una paz perfecta» (1982) y «Contra el fanatismo» y unos quinientos artículos periodísticos.

Hijo de Yehuda Klausner y Fania Musman, intelectuales sionistas de derecha, fue profundamente marcado por el suicidio de su madre cuando él tenía doce años; fue uno de los fundadores del movimiento «Shalom ajshav» (Paz Ahora), creado en 1978 por miembros del Ejército israelí en la reserva. Como militar participó en la Guerra de los Seis Días (1967) y del Yom Kippur (1973).

Oz brilla hoy como la voz literaria más potente de Israel, libros han sido traducidos a más de 30 idiomas y sus opiniones ejercen una gran influencia. Ha conquistado el Premio Israel de Literatura (1988); el Premio Goethe de Literatura (2005) por su libro autobiográfico «Una historia de amor y oscuridad» y fue candidato varios años consecutivos al Premio Nobel de Literatura. Dialogamos con él.

Periodista: En sus novelas siempre los personajes son lo más importante. ¿Comparte el anhelo de Flaubert de escribir una novela sobre «nada», sin argumento?

Amos Oz: Cuando hago ficción, escribo sobre personas, no sobre ideas. Que los personajes sean lo esencial de la narrativa no significa que me disgusten las tramas. Al contrario, disfruto mucho con ellas y creo que al lector también le gustan.

P.: Dice que escribe las novelas con una mano y los ensayos con la otra. ¿Tanta diferencia impone un género de otro?

A.O.: Cada vez que estoy de acuerdo conmigo mismo al ciento por ciento, escribo un artículo y le digo al Gobierno que se vaya al infierno. Cuando comienzo a dudar de lo que pienso, me pongo a escribir una novela. La ficción permite ser más ambiguo, acercarte a la verdad de forma indirecta, con pequeñas aproximaciones.

P.: Un personaje clave en varias de sus historias es una madre ausente, muerta de forma prematura mientras -por caso- el protagonista es un niño [la madre de Oz se suicidó cuando él era chico].

A.O.: Para mí, la literatura consiste en invitar a los muertos a tomar café en mi casa para hablar con ellos. Es una forma de comunicar con los tiempos que se fueron, con los que ya no están aquí. Esa sensación la tuve de una forma más fuerte, claro está, cuando escribí «Una historia...», pero puede aplicarse a mi forma de ver la literatura en su conjunto.

P.: ¿Cree que los artistas están más cerca de la infancia por su propio trabajo?

A.O.: Todos podemos tener un niño dentro, sólo que algunos optan por matarlo y otros preferimos mantenerlo vivo. En mi caso, mi actividad literaria está claramente conectada con la infancia. Para empezar, están las historias que mi madre me contaba cuando era pequeño, narraciones truculentas, góticas y extrañas, en absoluto adecuadas para un niño como el que yo era. Esos relatos son los que me han impresionado y marcado de una forma más profunda. Ese es un regalo que me hizo mi madre.

P.: Usted ha dicho que si bien no lee en castellano, se ha interesado y leído mucha literatura iberoamericana.

A.O.: Me siento muy próximo a la literatura hispánica porque tiene una mezcla de humor, tragedia, calidez y transparencia, a veces incluso en el mismo párrafo. Esa combinación entre comedia y drama está muy cerca de mi forma de ver el mundo y también he querido reflejarla en mis libros. Al fin y al cabo, son dos ventanas desde las que observar el mismo paisaje.

P.: El sentido del humor, tan importante en su obra, ¿lo propone como antídoto en contra el fanatismo?

A.O.: Nunca he conocido a nadie que sepa reírse de sí mismo que sea un fanático. Si el sentido del humor se pudiera vender en cápsulas, se arreglarían rápidamente la mayoría de problemas en el mundo. Daría un brazo por inventar esas pastillas y ganar con ello el premio Nobel de medicina, no el de literatura. No me fío de esa gente que camina como un signo de exclamación.

P.: Otra constante suya es Jerusalén descrita como una «ciudad manicomio».

A.O.: Es una ciudad muy curiosa llena de intelectuales, mesías y redentores. En el pueblo donde vivo, Arad, todos me conocen y ese tipo de oropeles parecen muy lejanos.

P.: ¿Qué retos y ventajas le reporta escribir en hebreo, una lengua que casi no se utilizaba fuera de la religión hasta la creación del Estado de Israel en 1948?

A.O.: Como escritor, el hebreo es el mayor regalo que habría podido recibir. Es un maravilloso instrumento musical sobre el que componer. Siento que hay un paralelismo con los escritores en inglés durante la época isabelina, cuando se encontraron un idioma todavía sin formar del todo y que podían explotar al máximo con su imaginación. Me gusta porque no está solidificado y eso me da un gran margen de libertad. Siento la misma relación con mi idioma que un amante desbocado, es como un volcán que siempre está a punto de erupción.

P.: Para terminar, usted cambió su apellido por el de Oz, fortaleza. ¿Le ha servido de algo?

A.O.: Cuando lo hice, realmente necesitaba mucha fuerza para poder emanciparme de mi padre y emprender una nueva vida. Fue una época en la que precisaba coraje y valentía. Pasado el tiempo, soy incapaz de decir si ese nombre tuvo algún efecto, pero entonces yo desde luego pensaba que lo tendría.

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