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28 de noviembre 2013 - 00:07

López Ruiz: “Me siento más tanguero que jazzero”

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Jorge López Ruiz: “En la época en que yo debuté a tocar, el tipo al que le gustaba el tango o el folklore era un grasa. Así que empecé con la trompeta y después agarré el contrabajo”.
. Así se presenta Jorge López Ruiz, un músico con una enorme historia, un charlista que ha sido productor, arreglador de figuras populares, responsable artístico de una compañía disquera multinacional, creador de jingles, músico en montones de propuestas diferentes, director musical de Sandro y de Piero en sus mejores tiempos, eventualmente de Leonardo Favio, musicalizador de muchas películas, y personaje del jazz argentino. Platense, con 78 años y una vitalidad que desborda, López Ruiz, a punto de iniciar una gira europea, publicó algo más de una decena de álbumes propios. Y entre ellos hay precisamente uno significativo realizado en 1970. Se trata de "Bronca Buenos Aires", una obra integral con textos de José Tcherkaski -autor, entros temas populares, de "Mi viejo" junto a Piero-, para recitante, solistas vocales, coro y orquesta de jazz que, en la grabación original dirigió su hermano Oscar López Ruiz.

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"En realidad, yo soy más tanguero que jazzero", aclara. "Es que en esa época en que yo empecé a tocar, el tipo al que le gustaba el tango o el folklore era un grasa. Nosotros, muchachos de clase media, íbamos a bailar y entonces nos enganchábamos con el jazz para no pasar por grasas. Así que empecé con la trompeta y después agarré el contrabajo. Y a la larga no terminé de tocar centralmente tango porque, como me dijeron alguna vez, el arco a mí me sirve solamente para tirar flechas. Y en el tango tenés que tocar también con arco".

Periodista: Estudió derecho, quiso ser filósofo, terminó haciendo montones de cosas distintas alrededor de la música en una carrera de más de 60 años. ¿Cómo han convivido todas esos aspectos en su vida?

Jorge López Ruiz: A mí me interesó siempre la filosofía. Inclusive, cuando terminé el Nacional de La Plata, a los 16 años porque dí dos libres, yo quería ir a Filosofía y Letras. Mi viejo me preguntó de qué iba a vivir y entonces entré a derecho, pero fui poco tiempo. Siendo muy joven empezó a encadenarse la carrera en la música. También fui siempre un tipo interesado en la política; y de aquí que siempre me metiera en el tema de la cultura.

P: ¿Cómo convivieron esas inquietudes políticas suyas con sus tiempos de productor artístico, un cargo muchas veces repudiado por los músicos?

J.L.R.: Efectivamente, yo fui parte del negocio grande de la música, y por eso puedo hablar con conocimiento de causa. Fueron años muy intensos para mí, porque además era el arreglador de muchos de los cantantes de la CBS, que era compañía para la que trabajaba. En 1970, llegué a hacer y a grabar 167 arreglos. Era una locura, porque todo eso es una locura. Llegué a odiar la producción y ese modo de hacer las cosas, pero mis hijos eran chicos, yo ganaba buena plata, y finalmente se justificó. Argentina nunca fue un gran mercado, por la cantidad de habitantes y por el bajo consumo de discos que siempre tuvimos. Igualmente, no te imaginás las cosas que se graban -en aquel tiempo con orquestas de muchos músicos-, se editan y después no llegan a nada. Porque es todo tan loco, que muchas veces las filiales de países como el nuestro de un sello multinacional, tenían que dar pérdida. En esos embrollos financieros y contables, yo tenía la posibilidad de grabar cosas mías, y es así que pude hacer paralelamente unos cuantos discos de jazz; y hasta pude hacer uno con orquesta de cuerdas en el '71.

P.: ¿Qué recuerda de "Bronca Buenos Aires"

J.L.R.
: Lo de "Bronca.." es increíble. Acá estuvo prohibida en tiempos de la dictadura. Treinta años después, en 2003, se reeditó. Ahora tiene también una versión en inglés leída por Kevin Johansen y otra en francés con la voz de Loic Lombard. Y gracias a un productor suizo que se interesó por esta obra, el 7 de diciembre vamos a estar tocándola en vivo, con la Civita Jazz Orchestra que dirige Enrico Intra, en el Piccolo Teatro de Milán. Y esa misma noche vamos a grabar un especial para la Radio Televisione Svizzera, en la ciudad de Lugano.

P: ¿Diría usted que ese texto contestatario de Tcherkaski conserva vigencia después de tanto tiempo?

J.L.R.:
Sí, y sobre todo para los extranjeros. En Europa no pueden terminar de entender cómo a un país como el nuestro le pasó lo que le pasó. No terminan de entender por ejemplo a la dictadura, o a la sucesión de dictaduras anteriores. No entienden por qué funcionamos así. Ése, creo yo, es su gran atractivo.

P.: El jazz y el tango tienen muchas cosas en común en sus orígenes: coincidencia temporal, músicas de inmigrantes lejos de sus lugares, relación con lo marginal. Sin embargo, sus desarrollos y su presente han sido muy distintos. ¿A qué lo adjudica?

JLR:
El jazz nunca fue popular. En todo caso, tuvo su vertiente popular en el baile o en algunas orquestas, pero ha sido fundamentalmente una música de concierto para un público con un cierto entrenamiento. Además, se formó en un país que es una de las mayores potencias del mundo. Eso lo hizo conocido en todas partes y le permitió cruzarse con músicas diferentes, generar lenguajes distintos, tener muchas derivaciones. El tango, en cambio, fue siempre más localista. Inclusive, lo que yo considero su punto central, que son las letras increíbles de un grupo de poétas que no dio ningún otro género, es entendible en lo profundo solamente por nosotros. El jazz ha tenido dos letristas importantes, Cole Porter e Ira Gershwin; pero en verdad sólo Porter fue un poeta muy valioso. El tango, en una tradición que nos es muy propia con escritores y poetas, tiene una lista larguísima. Resumiendo, entonces, diría que el jazz tenía en su germen, por ser fundamentealmente instrumental, esa posibilidad de expansión. Y del tango, lo que ha quedado afuera es sobre todo el baile, claro que anclado en los años '40.

P: ¿Le interesa el presente del jazz en nuestro país?

J.L.R.:
Veo que hay muchos pibes muy bien formados, que tocan un montón. Y a algunos además les encuentro que tienen cosas para decir. Me gustan Jerónimo Carmona, Francisco Lovuolo, Hernán Jacinto, Oscarcito Giunta, Tomás Fraga, que es un monstruo con la edad que tiene, Mariano Otero, sobre todo antes de que cambiara de estilo últimamente hacia el pop.

P: ¿Sigue teniendo planes jazzísticos para su regreso después de este viaje?

J.L.R.:
No hace mucho hice un disco en cuarteto de jazz, con Jorge Cutello en flauta, Tomás Fraga en guitarra y Germán Bocco en batería. Y cuando se nos ha dado la oportunidad, lo hemos tocado en vivo. Así que lo seguiremos tocando.

P: Con tanta vida musical recorrida, ¿qué diría que tiene que tener un músico para ser trascendente?

J.L.R.:
Por supuesto, estudiar es fundamental. Y, como te decía, eso da como resultado muchos pibes que tocan muchísimo. Pero el arte está en otra parte. Y me viene siempre a la mente una frase que me dijo Enrique Santos Discépolo, que por esas cosas de la vida, era parte de un grupo de amigos de mi padre. Yo tendría unos pocos años y estaba en esa reunión de señores grandes. Enrique me preguntó si me iba bien en el colegio. Yo le contesté que sí. Y el replicó: "eso está muy bien, pero no te olvides que en la vida también hacen falta un poco de putas y quilombos". En ese momento no entendí nada, pero después decodifiqué esa sabiduría de Discepolín, de que la calle y las vivencias son una escuela imprescindible para cualquiera; y también para un músico.

Entrevista de Ricardo Salton

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